lunes, 18 de febrero de 2008

Tentación

Ella es la tentación en forma humana. Ella es mi tentación personificada. Ella es mi más oscuro deseo; la atracción de mi yo oculto. Ella es la esencia de todo aquello que amo, de todo aquello que temo, de todo aquello que odio. Ella me hace sentir vivo, me hace sentir humano, me hace sentir vulnerable. Ella es la libidinosa fuente que sugiere que en ella sacie mi sed. Ella es la serpiente que me incita a comer el fruto prohibido del jardín del Edén.
Me resulta imposible permanecer indiferente a sus insinuaciones. Sus dulces caricias erizan suavemente mi piel hasta penetrar por cada poro en busca de mi corazón. Y éste, a mi pesar, la complace respondiendo ante ese ansiado cariño. Su profunda mirada me invita a escudriñar con la mía cada rincón de su ser. Sus ojos se pierden en los míos en busca de esa humanidad que durante años he mantenido enterrada a la espera que fuese borrada por el olvido. Su suave voz pronuncia leves susurros en mi oído que estremecen mi alma hasta sentirla arder dentro de mí. Quisiera lanzarme al abismo de su oscura mirada. Quisiera hundir mi rostro en la espesura de su cabello. Quisiera acariciar el suave contorno de su rostro con la aspereza del mío. Quisiera difuminar el nítido dibujo de sus finos labios con los míos. Quisiera sentir el calor de su cuerpo al encontrarse con el mío. Pero no puedo hacerlo. No debo. Demasiado complejo, demasiado arriesgado… No puedo permitírmelo.
Cada día a su lado es una salvaje lucha contra mí mismo. Cada hora que compartimos enciende la furia de una eterna disputa. Cada minuto con ella desata el rencor de esa intensa rivalidad. Cada segundo en que posa su tierna mirada en la mía me empuja a una disyuntiva entre la razón y el corazón. Sé que no puedo dejarme llevar por esos impulsos reprimidos. Sé que no debo dejarme arrastrar por la magia que ella crea en la oscuridad de la noche. Sé que no quiero abandonarme en un nuevo naufragio de sentimientos. Pero sé que quisiera soltar ese lastre que me impide disfrutar de todo aquello que ahora mi mirada tan sólo imagina. Sé que debería seguir su sutil guía para satisfacer esos deseos que apenas puedo contener. Sé que con ella podría alcanzar ese sentimiento que estremece mis entrañas con tan sólo oírlo nombrar.
Intento refugiarme en los motivos que impiden dejarme seducir por el arsenal de sensualidad que a diario despliega sobre mi vulnerable prudencia. Pero el paso de los días borra el recuerdo de esos argumentos y siento debilitarse la única defensa que mantengo en pie. Mi corazón me ha traicionado sucumbiendo a su cariño. Mi cuerpo languidece ante el ferviente deseo que ella le despierta. Sé que sólo es cuestión de tiempo… Pero aunque la esperanza me haya abandonado, me confío al orgullo en este último intento de hacer permanecer firme mi voluntad ante los intensos desvaríos de mi iluso corazón.

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