lunes, 18 de febrero de 2008

El último suspiro

Tengo frío. Sobre el gélido suelo reposa mi débil cuerpo moribundo. Tras el paso de una oscura noche primaveral, yace parcialmente desnudo sobre un par de viejos cartones que le aíslan del suelo. La humedad hace horas que se apoderó de mis huesos y, desde entonces, mi desgastado organismo no ha dejado de temblar. Agazapado bajo el abrigo de una sucia esquina abandonada, procuro mantener el poco calor que mi cuerpo consigue generar.
Con la llegada del amanecer, los primeros rayos de sol acarician tímidamente mi piel helada. Tras el lento transcurso de unos breves minutos, empiezo a oír el bullicio que genera la ciudad al ir despertándose soñolienta a mi alrededor. Abrigo mi rostro entre mis brazos en un intento de huir de la mirada de aquellos que en su día olvidaron mi nombre. Y a su vez, absorto en las vicisitudes de la propia existencia, cada uno pasa inmutable por mi lado sin tan siquiera volver su rostro sobre mí. Nadie se detiene a socorrerme, nadie goza de suficiente piedad.
Tengo frío. El sol no logra templar mi piel y mi respiración, entrecortada, empieza a provocar un pulso lento, inaudible en mis venas. Siento como se va helando la sangre en mi interior y comienzo a sudar. Lentamente se difumina la imagen de mis pupilas y los demás sentidos se empiezan a nublar. Cierro los ojos y pronto desaparece la algazara que crecía a mi alrededor para dar paso al más inquietante silencio. A la espera del último suspiro, siento desvanecerse mi conciencia tras el último latido de mi corazón.
*
Bajo mis pies, observo mi cuerpo inerte que al fin ha dejado de temblar. Ya no siente frío, ya no siente dolor. A su alrededor, el mundo sigue impasible su camino, rehuyendo su mirada, sin apenas percatarse de su presencia. Nadie se detiene para intentar ayudar, ya nadie se molesta ni siquiera a mirar. La ciudad sigue despertando al amanecer de su nuevo día. Un nuevo día para el mundo. El último día que fue para mí.

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