lunes, 18 de febrero de 2008

Sueños, esperanza, amor...

Yo no sé si de esta vida aprendí ya los mayores secretos o si, por el contrario, la vida sigue pasando ante mis ojos y yo sigo sin entender nada.
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Sueños. Todo aquello que deseamos ser, todo aquello que deseamos poseer. Ese vibrante anhelo de llevar a cabo un proyecto, una idea, una visión. Ese conjunto de objetivos y ambiciones que nos motivan día a día a soportar los sacrificios que se interponen entre nosotros y nuestra meta. Sueños. Los buscamos a pesar de no distinguir con claridad hacia dónde nos guiarán. Los perseguimos a pesar de ignorar si, una vez logrados, nos satisfarán.Sueños. Siendo niños nos enseñaron a luchar por alcanzar lo que se esconde más allá de nosotros mismos. Pero nadie nos enseñó qué hacer después de conquistar un sueño y, peor aún, nadie nos enseñó cómo reaccionar ante la frustración que produce no lograr alcanzarlo. ¿Realidad o sueño? Y ante esa disyuntiva, ¿cuál será nuestra elección? ¡Soñar! Lo que hemos aprendido… ¡Soñar, y evitar despertar!
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Esperanza. La mejor droga conocida, el mejor evasor de la realidad. Ese tenue resplandor en la oscuridad al que nos abandonamos cuando, en la perseverante búsqueda de nuestros sueños, caemos en un pozo de desesperación. Esa palabra que resuena en nuestras mentes cuando éstas desfallecen y se pierden en un laberinto de circunstancias. Esperanza. Ese concepto bajo el que nos escudamos ante los arrolladores sucesos que nos acometen a diario empujándonos al incierto destino que nos depara el azar.
La esperanza es ese irracional sentimiento que nos evade de la realidad presente para trasportarnos a un utópico porvenir. Es ese propio engaño en el cual nos vestimos de víctimas, siendo a la vez verdugos, con el objetivo de hacer más ligero el peso de nuestra propia incapacidad. ¡La esperanza! Lo último que se pierde, dicen… ¡Ojalá fuera cierto!
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Amor. El mayor misterio de esta vida; su principal aliciente. Esa única palabra para definir lo que cada uno experimentamos de modo distinto, a la vez que todos buscamos por igual. Esa sensación embriagadora que perseguimos como el más preciado tesoro. La caja de Pandora que desata los más profundos sentimientos de nuestra alma. El amor. Esa incertidumbre que, entregados plenamente a su hallazgo, nos carcome el espíritu. Esa desolación que, al no ser correspondido, nos corroe las entrañas arrastrándonos al más oscuro abismo.
El amor. Causa de vida y muerte, de sonrisas y lágrimas, de la mayor felicidad y la mayor desdicha. La fuente del enamorado, el sustento del correspondido, el veneno de quien ha sido rechazado, la tumba de quien no lo ha conocido. El más ansiado sueño, la más ardiente esperanza. ¡El amor! La compañía más noble… ¡El más fiel traidor!

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