Finalmente sonó el despertador. Había malgastado largas e interminables horas dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y sin reunir las fuerzas ni el ánimo suficiente para lograr incorporarme. Hice un notable esfuerzo para entreabrir ligeramente los párpados. ¡Maldita sea! ¡Me ardían los ojos! La claridad del día se escolaba tímidamente por las rendijas de la persiana que nuevamente había olvidado sellar antes de acostarme. Sentí mis ojos hincharse en sus cuencas y amenazar con hacer explotar una cabeza bastante débil de por sí. El zumbido rítmico de mi pulso martilleaba dolorosamente mis sienes y noté crujir todas mis articulaciones en mi primer intento frustrado de levantarme. Resignado, abrigué mi mirada soñolienta bajo el cobijo de las oscuras sábanas que cubrían mi cuerpo prácticamente desnudo y esperé.
Despegué mi pastosa lengua de un inerte paladar y la utilicé para devolver el volumen a un rostro aplastado durante horas por la almohada. Comprimí con una de mis manos la parte alta de mi pesado vientre que, completamente revuelto, amenazaba con expulsar los excesos de la noche anterior. Logré contener esas arcadas, aunque no sin poder evitar un fuerte ataque de una tos rasposa que parecía desgarrar, con cada violenta sacudida, los tejidos de mi garganta. Demasiado alcohol, demasiado tabaco; demasiados excesos para una noche tan absurda y vacía.
Con paciencia y mucha lentitud fui descubriendo mi rostro por el contorno de la sábana obligando de nuevo a mis ojos a responder a la luz del día. Como cada mañana, me volví hacia el otro lado de la cama esperando encontrarte para, con una suave caricia, rescatarte de tu sueño y desearte un buen día. Pero no estabas ahí. Al igual que ayer, que el día anterior, que la semana pasada, era tu vacío en mi cama quien encontraba. Un leve suspiro agrio expiró en mis labios y me quedé unos instantes absorto con la mirada fija en la almohada en la que solías reposar esa hermosa melena ondulada. Te imaginé nuevamente allí, mirándome con ese brillo en tu mirada, regalándome tu más tierna sonrisa matutina y, tras uno de esos dulces besos que me regalabas, desearme una leve jornada. Abracé el hueco de tu ausencia en mi colchón deseando hallar de nuevo ese olor que antes impregnaba mis sábanas. Pero aun éste me había abandonado también. Cerré los ojos con fuerza reprimiendo una lágrima cautiva de mi orgullo al tiempo que comprimía la almohada contra mi pecho.
Me incorporé bruscamente en busca de esa serenidad perdida tras tu partida. La cabeza me daba vueltas, el estómago se revolvía y, tras intentar respirar profundamente, sentí el pecho comprimido bajo mis costillas. Caminé torpemente hacia la ventana intentando creer que el nuevo día podría esta vez ofrecerme una nueva oportunidad; aunque en el fondo de mi alma no albergaba el más ligero atisbo de esperanza. Me armé de un falso valor inexistente y corrí la cortina. Tal como sospechaba, de nuevo hoy mis pasos tendrán que abrirse camino entre la niebla.
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