Su mirada se deslizaba dulcemente sobre la superficie de un mar que se extendía hasta la más inimaginable inmensidad. Sus ojos escudriñaban el horizonte esperando reencontrar ese sol que el crepúsculo le había arrebatado con presteza. ¡Qué efímera resultó ser esa puesta de sol! ¡Y cuán eterna la noche que le aguardaba!El cielo lentamente fue tiñendo de tonos oscuros el claro azul que ese día había prestado y amenazaba con ennegrecerse hasta disolverse en un gran vacío. Tan sólo la luna y alguna tímida estrella osaba desafiar esa oscuridad esforzándose por ofrecer una visión menos lúgubre del firmamento.
La suave brisa nocturna se asomaba lentamente tras la línea del horizonte absorbiendo la humedad que el mar desprendía. Sobre el acantilado, empezaba a sentir esa dulce caricia que le atravesaba la piel hasta abrazar sus huesos. Su olfato se embriagaba con el aire húmedo que el viento le brindaba al mismo tiempo que las olas deleitaban sus oídos con el suave murmullo que producían al romper bajo sus pies. Extendió sus brazos en un intento de fundirse en ese sinfín de sensaciones y, tras haber fijado su mirada en lo más profundo del firmamento, cerró sus ojos y liberó los recuerdos que torturaban su mente.
Sintió latir con fuerza el corazón dentro de su pecho como si intentara hacerse un lugar en un mundo que parecía haberle olvidado. Sus ojos se vidriaron bajo sus párpados y sintió descender la amargura a través de su garganta. Su rostro, que ante el reciente ocaso se había iluminado bajo una sonrisa placentera, se había transformado en un agrio gesto desencajado.
Atormentado por su propia conciencia, volvió a descubrir su mirada ante la penetrante luz de la luna. La brisa se apresuró a enjugar sus lágrimas con una tierna caricia y el viento congeló la nostálgica sonrisa que sus labios habían dibujado con timidez. Su vello se erizó al oír el leve murmuro que las olas susurraron en sus oídos. Su mirada se volvió al mar para ver como la luna extendía su brazo sobre su ondulante superficie. Él la correspondió alargando el suyo en un ferviente deseo de fundirse con ella y, con la mirada hundida en la profundidad del mar, se inclinó y su cuerpo se confundió en el aire y se diluyó en el fondo del mar.
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