(Basado en hechos reales)
Pretendía
que fuese una noche fantástica, memorable. Y en cierto modo, no puedo
negar que lo fue; sólo que no exactamente como yo esperaba.
Esa
noche recibía visita. Un buen amigo se había dispuesto a recorrer los
pertinentes quilómetros que separan su vida de la mía para poder pasar
unas escasas veinticuatro horas a mi lado. Y yo, como es de imaginar, me
disponía a recompensarle con algo que a los dos nos iba a venir muy
bien: una noche de fiesta en la ciudad. De hecho, había una par de
asuntos que merecían la mejor de las celebraciones y, aunque nunca he
sido el mejor anfitrión para una fiesta, no iba a permitir que nos
acechase el aburrimiento en ningún momento.
Con
ese propósito, y a pesar de creer que nos bastaba con nuestra mutua
compañía, invité a una chica que había conocido recientemente a
acompañarnos en nuestra noche mágica. Afortunadamente, ella accedió.
Tras
habernos aseado, vestido y peinado para la ocasión, Pablo y yo nos
acercamos al punto de encuentro, ese bar en el que pasaba más horas que
en mi propia casa y en dónde el barman me cuidaba cuál si fuese mi
propia madre. Allí debíamos encontrarnos con ella. Allí empezaría
nuestra gran noche.
Ansiaba
que mi amigo la conociera. Sabía poco de ella, pero me parecía una
persona interesante y, no pienso ser hipócrita ignorándolo, se adivinaba
su belleza entre la informal ropa que acostumbraba a vestir. Sabía que a
él le gustaría, y pretendía servirle de apoyo en caso que él quisiera
intentar seducirla.
A
la espera que ella llegase al bar, Pablo y yo nos acomodamos en dos
sendos taburetes que nos acercaban a la barra mientras hablábamos
animosamente. Hacía algunas semanas que no conseguíamos vernos y nos
añorábamos mutuamente. Procuramos aprovechar ese momento a solas para
contarnos los sucesos que nos habían acontecido recientemente. Siempre
intentábamos, a pesar de vivir cada uno su vida por separado, hacernos
mutuamente partícipes de las experiencias del otro. Del mismo modo, nos
servíamos para confesarnos el uno al otro todo aquello que nos
avergonzaría contar a cualquier otra persona. Me sentía aliviado, en
paz, feliz. La cerveza en una mano, en la otra un cigarrillo y ante mí,
un gran amigo. ¿Podría la noche presentarse mejor?
La
puerta de entrada al bar se abrió. Ambos desviamos la mirada
instintivamente y la vimos. Se me cortó la respiración. ¡Dios mío! Sabía
que escondía un elevado atractivo pero nunca habría imaginado que
pudiera ser tanto. Me quedé hipnotizado mirándola. La húmeda melena
negra ondulada, su profunda mirada oscura, la fineza de su rostro, las
sutiles ondulaciones de su menudo cuerpo…
- ¿Es ella? – Me preguntó Pablo.
- Sí. – Contesté con un hilo de voz sin poder apartar mi mirada de la puerta.
- Joder… - Acertó a insinuar mi amigo para dar a entender lo que ambos pensábamos.
Tardé
unos segundos en percatarme de que su mirada registraba de un lado a
otro el local en busca de un rostro conocido. Al darme cuenta, me
levanté y le hice un gesto al que ella respondió con una dulce sonrisa.
Se acercó lentamente permitiendo que todas las miradas del bar
dispusieran del tiempo necesario para surcar cada centímetro de su
cuerpo.
- Buenas noches. – Saludó.
- Estás estupenda. – Le contesté torpemente intentando ocultar mi rubor.
-
Gracias. Vosotros también. - Dijo paseando su mirada descaradamente por
todo mi cuerpo y, posteriormente el de Pablo. Detuvo su mirada en la de
él.
- Él es Pablo. - Dije mirándola a ella. – Pablo, Mónica.
- Encantada.
- Un placer…
Se hizo un breve silencio. Todavía estábamos asimilando la fortuna de la que nos sentíamos dueños aquella noche.
- ¿Quieres tomar algo? – Acerté a preguntar.
- Por favor…
- ¿Que será?
- Vodka con Red Bull.
-
Perfecto. ¡Pepe! – Mi querido barman estaba en el otro extremo de la
barra y seguía intentando arreglar el mundo mediante una animada
conversación con un cliente. Al oírme, vino enseguida.
- Dime.
- Un vodka con Red Bull para la señorita por favor. – Pedí.
- ¿Absolut? – Le preguntó directamente.
- Mejor Smirnoff. – Contestó ella.
En
un minuto tenía servida su copa y, mediante una pajita bebió un pequeño
trago. Pablo y yo, al unísono, respondimos echándole otro a nuestros
respectivos botellines de cerveza.
Le
pregunté qué tal le había ido el día; le conté cómo había sido el mío.
Le expliqué quién era Pablo, por qué estaba aquella noche allí y qué
celebrábamos. Enseguida se creó una buena complicidad entre los tres.
Pedí otra cerveza para Pablo al acabarnos las que teníamos, Y pedí para
mí el mismo combinado que bebía ella.
Mónica
mantenía la postura esbelta, buscando estilizar aún más su bella
figura. Podía percibirse que estaba acostumbrada a captar la atención de
todos los presentes. Es más, juraría que le gustaba. Sus movimientos
eran siempre lentos, bien estudiados, marcando cada uno con sutileza, en
busca de la notable sensualidad que conseguía desprender. Exhibía un
amplio abanico de profundas, penetrantes, provocativas miradas que
parecía haber practicado durante horas ante un espejo. Era difícil
mantener la compostura ante cualquiera de ellas. Acompañaba cada palabra
de tímidas sonrisas juguetonas que parecían adornar sus historias.
Sabía seducir; y era consciente de que podía hacerlo. Yo me percataba
del efecto que surgía en mí; y me sentía impotente al intentar evitarlo.
Apenas podía concentrarme en disimularlo.
Seguimos
un rato conversando animosamente mientras íbamos vaciando
progresivamente nuestras copas y, especialmente yo, nuestros paquetes de
tabaco. Decidimos que al acabar la copa iríamos hacia una discoteca
situada hacia las afueras de la ciudad que, previamente, Mónica sugirió.
Nos
despedimos de Pepe y salimos a la calle. Llovía a cántaros. Entramos
rápidamente en mi coche y nos dirigimos al lugar que debía ser el
escenario de nuestra gran noche. En breves minutos, estacionaba el
vehículo en el aparcamiento que se extendía ante la puerta. Corriendo
desde el coche a la entrada de la discoteca, intentando evitar calarnos
en esos escasos segundos, nos situamos ante los porteros de la misma.
Mientras Pablo y yo nos acercábamos a la taquilla para pagar la entrada,
Mónica entraba airosa tras saludar a uno de ellos.
El
ambiente dentro era agradable. Había la suficiente gente para crear la
sensación de que era una sala de moda, pero no había el exceso que a
menudo convierte en una odisea el desplazamiento de la barra a los
servicios. Nos paramos en la entrada de la sala principal, al lado de la
barra central, en un signo dubitativo en busca de un rincón donde pedir
una copa y en donde poder crear nuestro espacio cómodamente. Me pareció
más conveniente cruzar toda la sala para acercarnos a la barra ubicada
en el fondo, que intentar pedir en la barra de la entrada, altamente
concurrida. Ambos hicieron caso a mi propuesta, así que cruzamos la sala
y nos ubicamos cómodamente en la otra barra que, tal como sospechaba,
disfrutaba de más espacio y menos clientela.
Miré
a la camarera en busca de su atención para pedir las primeras copas.
¡Dios mío! ¡Aquello no era un top! Apenas eran dos escuetas tiras de
ropa que se desprendían de su nuca para, deslizándose por sus hombros,
cubrir superficialmente sus pechos para acabar uniéndose a la altura de
la cintura. Miré a mi alrededor y pude percatarme que, aunque el caso de
la camarera se salía de cualquier tónica, la discoteca parecía un
surtido de chicas sacadas de una revista para hombres. No me sorprendió
que a Mónica le gustase esa discoteca en concreto. Imaginé que debía ser
una de las pocas en las que podría pasar relativamente desapercibida.
Teniendo
cada uno su copa en su mano, Pablo y yo nos acomodamos en la barra
mientras Mónica empezaba a soltar su cuerpo tímidamente al ritmo de la
música. Me sentí relajado. Mirándola bailar pensé que si no podía evitar
bailar con ella, acción que procuro evitar tanto como puedo, no porque
piense que lo hago fatal, sino porque siempre me ha costado dejarme
llevar, no me sentiría especialmente torpe. No se movía mal, al
contrario, era muy cuidadosa con el ritmo, pero no parecía ser demasiado
entusiasta bailando, hecho que me suele ayudar a atreverme a acompañar a
una mujer en su baile. Ella observó nuestra posición estática en la
barra y al momento nos hizo un sutil gesto para que incorporáramos
nuestro cuerpo y siguiéramos su ejemplo.
-
No acostumbramos a bailar mucho. – Le informé corriendo el riesgo de
caer y arrastrar a Pablo al estereotipo de chico soso y aburrido y de
que ella pensara que estaba desperdiciando la noche con dos muermos como
nosotros.
- Hombre, a mi me cuesta un poco arrancar, pero poco a poco me voy animando y me voy soltando. Aunque para eso hay que empezar…
Me
sentí acorralado. Hubiese sido demasiado desconsiderado rechazarla de
nuevo, así que desclavé mis pies de la base de la barra y, bajo la
pícara mirada de Pablo, me acerqué a ella. La verdad es que no me
apetecía nada bailar, y deduje que a mi cuerpo tampoco pues costaba
horrores sacarle un par de movimientos coordinados por tímidos que
fuesen. Así que opté por mover un poquito la cabeza, algo los hombros y,
cuando me atrevía, el pie que no me sirviese en ese momento de apoyo.
Ella sonreía, yo sufría. Notaba como ella se iba sintiendo cada vez más
cómoda. Su baile era cada minuto que pasaba más fluido y más atrevido.
Flexionaba totalmente las piernas dejando caer su cuerpo a la altura de
mi cintura, se ladeaba el pelo con una de las manos a uno y otro lado,
su mirada se iba convirtiendo en más y más provocativa cada vez que me
miraba… Yo empezaba a ruborizarme... Busqué ayuda en la mirada de Pablo.
Al fin y al cabo, debería ser él quién bailase así con ella, no yo.
Debería ser él quien disfrutase de esa exhibición de sensualidad que
ella sembraba a mi alrededor. Pablo me miraba divertido esforzándose por
no burlarse de mí. Ante la súplica de ayuda y el imperativo de unirse a
nosotros que le transmití con mi mirada, Pablo respondió con un gesto
de impotencia; dándome a entender que él no podía hacer nada, que era
asunto mío, que su presencia entre nosotros en ese momento estaría de
más.
En
ese momento empecé a plantearme qué era exactamente lo que yo quería de
Mónica. Hasta el momento había procurado que ella centrase su atención
en Pablo y, a pesar de que ya había empezado a sospechar que él no era
exactamente lo que ella andaba buscando, en ningún momento pensé que
pudiera ser yo. En esos comprometidos instantes empezaba a asomarse esa
idea a mi cabeza. Esa forma de mirarme, de sonreírme, de tocarme, de
bailar conmigo… No, no podía ser. Recordé que aquello era una discoteca,
que a la mayoría de chicas les encanta bailar y más aún coquetear
bailando. Pensé que tan sólo era parte de esa sensualidad que había
estado repartiendo durante toda la noche a cada paso que daba.
Volví
mi mirada hacia donde suponía que debía permanecer Pablo, apoyado en la
barra, probablemente intentando disimular la risa que debía provocarle
mi situación. No estaba allí. Le busqué a mi alrededor, suponiendo que
no habría ido muy lejos sin haberme avisado… ¡Y Ahí estaba! Hablando con
una chica.
Hice
un gesto a mi bella acompañante para que mirase hacia lo que observaban
mis malpensados ojos. Ella sonrió. Yo busqué un mayor ángulo de visión
para poder ver bien la belleza de aquella mujer por la que Pablo parecía
mostrar especial interés. Me daba la espalda y no podía distinguirla
bien. “¡Joder! ¡Mierda! ¡Joder! ¡No puede ser!” Pensé. “¡No, no, no, no,
noooo…! ¡Esto no puede estar pasando!” Me repetía. Si hasta ese momento
la noche me había parecido un tanto difícil de mantener controlada,
especialmente mis impulsos, a partir de ese instante, iba a necesitar
toda mi sensatez, todo mi raciocinio y toda mi templanza para poder
mantener bajo control cualquier atisbo de impulso, emoción o
sentimiento.
-
¿Estás bien? – Mónica me miraba con una expresión de ligera
preocupación en su rostro. Entendí que le había sorprendido la gélida
expresión incrédula que se había dibujado en el mío y al instante
intenté relajarlo. No logré sonreír.
- No. Quiero decir… sí. Estoy bien. – Dije torpemente.
- No lo parece. ¿Quién es? – Añadió señalándola con la mirada.
-
Es Vero. Una amiga. – Respondí torpemente aún con el gesto desencajado.
Mónica mantenía su mirada fija en mí a la espera de una explicación.
Resultaba sencillo deducir que no se trataba de una simple amistad, y
pensé que era inútil intentar fingir que no ocurría nada. Se lo conté
brevemente.
-
En su día fuimos muy amigos. Con el tiempo, yo me acabé enamorando
perdidamente de ella, pero ella nunca llegó a corresponderme como yo
deseaba. Me resultaba imposible mantener la amistad que teníamos
conviviendo a la vez con los sentimientos más fuertes que jamás había
experimentado así que, al darme cuenta que ella nunca sentiría lo mismo
por mí, sentí la necesidad de alejarme. Así que nos distanciamos un
tiempo aunque, más adelante, tras añorarnos mucho el uno al otro, fuimos
reestableciendo poco a poco esa amistad. De todos modos, aunque ahora
tenemos una buena relación, nunca ha vuelto a ser como antes.
- Entiendo. – Se limitó a decir desviando su mirada hacia Vero.
-
En cualquier caso de todo eso ya hace mucho tiempo, y yo ya lo tengo
superado. Está cerrado, forma parte del pasado. – Intenté maquillar la
historia para que no se sintiese incómoda. Ella me miraba en silencio
sabiendo que eso no era exactamente así. – Aunque supongo que cuando te
enamoras verdaderamente de alguien siempre queda algo y reconozco que me
resulta difícil estar a su lado y no sentir nada.
Ella
volvió la mirada a su copa, y evitando encontrarse con la mía, bebió un
sorbo. “¡Qué estúpido! ¿Cómo se me había ocurrido contárselo? ¿En que
estaba pensando?” Pensé odiándome a mí mismo. Lógicamente, aquella
historia y, la inesperada presencia de Vero, iban a incomodarla
bastante. Tenía que enmendarlo. Intenté buscar algunas palabras que
pudieran hacerla sentir más cómoda; que le diesen a entender que aquella
noche yo quería pasarla con ella y que me daba igual quién pudiese
aparecer. Pero no tuve tiempo…
- ¡¡¡Hola!!!
Me
giré al instante. Vero se acercaba a mí con una amplia sonrisa, con los
brazos extendidos esperando que yo la recibiese con un abrazo, como
siempre hacía. Había pasado mucho tiempo y muchas cosas pero
precisamente el cariño era algo que nunca habíamos perdido el uno hacia
el otro.
- ¡Hola guapísima!
Y
la abracé. Siempre me había encantado abrazarla. Pocas personas me
abrazaban con ese calor, esa cercanía, esa profundidad que ella imprimía
en sus abrazos. Cerré los ojos y la abracé con fuerza, estrechándola
contra mi pecho, oliendo su perfume… como siempre había hecho, como
tanto echaba de menos…
- ¿Qué haces tú por aquí? – Me preguntó.
Empezamos
a hablar sobre los hechos intrascendentes que colmaban nuestra vida
cotidiana. Ella estaba exultante, irradiaba felicidad, como al principio
de conocernos. Parecía haber olvidado las circunstancias que los
últimos meses habían ido apagando su rostro. Estaba preciosa. Sonreía y
reía continuamente. Me miraba con dulzura. Situaba su cuerpo muy cercano
al mío y no dudaba en cogerme por el brazo, recostarse en mi pecho,
acariciarme dulcemente la mejilla... Parecía que los años no hubiesen
pasado. Su comportamiento era el mismo que yo recordaba al rememorar
nuestros mejores momentos; desplazando la sutil frialdad que
posteriormente fue acompañando nuestros encuentros. Yo procuraba
disimular la inesperada, inoportuna, pero a la vez agradable sorpresa
que me había producido encontrarla allí. Tenía comprobado que cuando la
veía, habiéndome tomado previamente mi tiempo para mentalizarme en no
sentir nada, ya no me pasaba una semana entera soñando con ella, como me
sucedía al principio. Además, el hecho que ella últimamente no se
mostrase con la vitalidad que siempre la había caracterizado, y que a mi
tanto me había enamorado, lo facilitaba. Mis problemas surgían en forma
de vulnerabilidad cuando la encontraba de improviso o, como estaba
sucediendo esa noche, además de sorprenderme, ella volvía a mostrar la
mejor versión de sí misma, la que yo procuraba evitar recordar. Y esa
noche era la Vero auténtica, la Vero de quién yo me enamoré. Me sentí
arrastrado a un retroceso en el tiempo para sentirme nuevamente atraído
por ella como años atrás. Por unos breves instantes me olvidé de Mónica,
de Pablo, de la camarera, de la demás gente, de la discoteca… Por unos
instantes en mi mundo sólo existimos Vero y yo. Nos abrazábamos más que
hablábamos, y nos confesábamos el profundo cariño que nos teníamos a
pesar de no quererlo expresar siempre. Nos disculpábamos por las
posibles ofensas que nos pudiésemos haber infligido mutuamente, unas
involuntariamente, otras con intención. Parecía que el alcohol que ambos
habíamos ingerido ya, había borrado todos los episodios oscuros de
nuestra historia y había vuelto a centrarnos simplemente en nosotros
mismos, transparentes el uno al otro, sin nada que esconder, con el
deseo de compartir. Era un momento maravilloso, fantástico,
incomparable…
“¡No!
¡Esto no es bueno! ¡Demasiado peligroso!”. En un momento de lucidez me
percaté de lo que me estaba sucediendo. No podía seguir por ese camino;
había sufrido mucho, y era un episodio de mi vida que no quería repetir.
Busqué evadirme, huir de la atención que Vero absorbía. Miré a mi
alrededor en busca de Pablo o Mónica con la esperanza que uno de los dos
me rescatase del borde de ese abismo. Pablo no estaba, había vuelto a
desaparecer. Mónica bailaba sola, absorta, dejándose llevar por la
música e ignorando todo lo que la rodeaba. Vero observó que yo había
vuelto a centrar mi atención sobre ella.
- Voy al baño. – Me dijo. – Ahora vuelvo.
- Aquí estaremos. – Le respondí con una calurosa sonrisa.
Me
dirigí lentamente a Mónica, recreando mi mirada en los provocativos
movimientos en los que basaba su baile en esos instantes. Pensé que esa
noche mi lugar estaba a su lado, olvidando la presencia de Vero. Vero
era la alargada sombra de mi pasado que, una vez más, perturbaba mi
corazón como si de una horrible pesadilla se tratase. Mónica se
adivinaba como una posible ventana de escapatoria hacia el futuro; algo
nuevo, algo diferente, otra oportunidad.
Sonrió
al ver como me acercaba de nuevo a ella y, tras un par de movimientos
realmente incitantes clavando una sugestiva mirada sobre la mía, moderó
su baile invitándome a que me acercase a ella.
- Perdona que haya estado tanto tiempo…
-
Vaya miraditas… - Me interrumpió. Y me sentí incómodo, culpable. No
pretendía que ella se percatase de la dulce mirada que, a pesar de haber
intentado evitar y disimular, dirigía a Vero.
-
Sí, bueno... – Intenté excusarme torpemente. Mónica me miraba
divertida. – Es que a veces me cuesta evitarlo… No sé, quieras que no,
para mí siempre será alguien especial…
- Me refería a las miradas que te lanzaba ella. – Interrumpió nuevamente con una sonrisa pícara.
- ¿Cómo? – Inquirí desorientado.
-
¿No me dirás que no te has dado cuenta? – Preguntó. Yo le dirigí una
mirada incrédula. – Se te estaba comiendo con los ojos… – Añadió con un
tono sensual.
-
No creo. – Contesté yo incómodo, aunque con una tímida sonrisa dibujada
en los labios. Me agradaba pensar que pudiera ser así, que, por una vez
en los años que hacía que la conocía, fuese ella la que se sintiese
atraída por mí. – Vero es muy cariñosa y siempre se muestra muy afectiva
con sus amigos…
-
Yo sólo te digo lo que he visto. – Me volvió a interrumpir. – Y créeme,
las mujeres estas cosas las vemos con mucha más claridad que vosotros. –
Añadió con una sonrisa que quería parecer malévola.
Continué
mirándola con incredulidad. Ella sonreía. No parecía sentirse molesta
por la presencia de Vero, ni por el flirteo que acababa de presenciar
entre nosotros. Me pareció extraño. No es que esperase un arranque de
celos o algo similar por su parte, pero sí pensé que desconfiaría de
Vero. Empezaba a creer que yo le interesaba y que deseaba que yo
estuviese a su lado esa noche. Pero, de ser así, lo más lógico sería que
la presencia de Vero la incomodase. Me pregunté si era posible que ella
se sintiese tan segura de sí misma como para no temer la intromisión de
otra mujer, una de la cual yo hubiese estado enamorado. Aunque, por
otro lado, me pareció más probable creer que no temía nada por el simple
hecho de que ella no estaba realmente interesada en mí como yo pensaba;
como yo deseaba. Me sentía confundido y me asaltaron las dudas. Empecé a
intentar recordar todos los gestos, palabras, insinuaciones… de esa
noche que pudieran resultar significativos, en busca de una respuesta.
Me
acerqué de nuevo a la barra. Prácticamente no me había dado cuenta de
que el combinado se había evaporado en mi vaso. Pedí otro. Necesitaba
refrescarme; esa noche estaba ofreciendo mucho más de lo que yo había
esperado de ella y me sentía aturdido. De repente encontré a Pablo a mi
lado.
- Pídeme otro para mí.
- Tío, ¿dónde te habías metido? – Le repliqué
-
He aprovechado que estabas saludando a Vero para ir al baño y al volver
me he cruzado con ella. Por eso he tardado un poco más… ¿Va todo bien?
-
Hombre… - Miré a mi alrededor para asegurarme que ni Mónica ni Vero
estuvieran cerca. Parecía que Vero aún no había vuelto de los servicios y
Mónica ignoraba a un inesperado pretendiente con mucha naturalidad. -
Teniendo en cuenta que tengo a un lado a una morenaza que está que se
sale y que además parece haberse fijado en mí; y que por el otro tengo
una rubia a la que no puedo ni ver sin que se me caigan los huevos al
suelo… ¡tú dirás! – Repliqué nervioso. Pablo arrancó en una sonora
carcajada. Inevitablemente yo dibujé una sonrisa vergonzosa.
-
¡No te jodas tío! ¡Lo estoy pasando fatal! – Le recriminaba mientras
sufría por no arrancar yo también a reír. – Mónica se me está insinuando
de un modo, que sufro para que no se me dispare la temperatura del
cuerpo, y Vero… bueno, Vero es Vero, ya lo sabes. – Él asintió mientras
se esforzaba por no volver a reír. – Y encima hoy está conmigo como era
al conocernos… Está cariñosa, está dulce, sensual… ¡Como cuando me
enamoré! ¡Me estaba volviendo loco! Y cuando por fin consigo salir de
una especie de telaraña de emociones en las que me había atrapado, me
viene la otra con sus miraditas, sus sonrisitas, moviendo la caderita
para aquí y para allá… ¡Uf! ¡Esta noche tendré que dormir envuelto en
cubitos de hielo para quitarme este sofocón!
-
¿Pero de que te quejas, tío? – Dijo Pablo tras recuperar el aliento que
había perdido en un nuevo ataque de risa. – ¡Cualquier hombre desearía
estar en tu situación, con dos mujeres peleándose por ti!
- Yo no he dicho que se estén peleando por mí; más bien creo que se han aliado para volverme loco.
-
¡Venga! ¡No seas paranoico! ¡Y disfruta el momento! – hizo una breve
pausa para observar mi reacción. Yo me mantenía pensativo, inmóvil, no
me parecía tan sencillo. – Y cuando hayas decidido con cuál te quedas,
avísame que voy yo a por la otra. – Bromeó
-
¡Serás cabrón! – Exclamé yo con la sonrisa que despertó su vulgar
comentario. – Yo lo tengo claro, - dije al serenarme - con Vero no
quiero nada; bastantes cosas han pasado ya, y bastante me ha costado
superarlo. Y Mónica tengo que reconocer que me está causando impresión…
-
Pues ya está; ves a lo tuyo, haz lo que te apetece y olvídate de lo
demás. Por lo que he visto ella no te va a decir que no... – Me
aconsejó.
- No sé, yo no lo tengo tan claro. – Contesté yo dubitativo mientras bebía un buen trago de mi vaso.
-
¡Vamos! – Exclamó él. – He visto cómo te mira, como te sonríe, te toca,
te baila… ¡Joder, si está cantado! ¡Como esta noche duermas solo,
mañana te pegaré una patada en el culo de las que escuecen! ¡Por tonto! –
Me incitó riendo. Yo no pude evitar sonreír de nuevo.
- No sé, ya veremos. – Insistí dubitativo.
Respiré profundamente y di la espalda a la barra. Vero y Mónica estaban conversando animosamente. Me sorprendió; y me alegró.
- Veo que no es necesario que os presente. – Dije acercándome a ellas.
- No, ya lo hemos hecho nosotras. – Me contestó Vero. – De hecho, si tenemos que esperar a que lo hagas tú…
Con
el tiempo había conseguido ganarme una mala reputación al respecto.
Según daban a entender varios amigos míos, tenía la mala costumbre de
olvidar presentar siempre a mis acompañantes. Debo reconocer que no es
una crítica infundada.
- Sí sí, ya lo sé. – La interrumpí.
-
¡Oh! ¡Esta canción me encanta! – Exclamó de repente Vero al oír el
inicio de la nueva melodía que sonaba en la discoteca, a la vez que
empezaba a bailar. Me miró fijamente sin dejar de bailar y me extendió
su mano. – Venga... – Me sugirió.
-
No no no no no… - Intenté evitar. Sabía que era un peligro para mí
bailar con Vero. Ella siempre había conseguido lo que casi ninguna otra
mujer había logrado hasta el momento, que me dejase llevar bailando. No
quería hacerlo. No quería bailar con ella. Me gustaba demasiado, y sabía
que disfrutaría más de lo que, como amigo, debería.
No
tuve elección, me agarró del brazo, se me acercó, me rodeó con los
suyos y obligó a mi cuerpo a seguir el suyo. Me vi sin ninguna
alternativa, acorralado y, ante esa irremediable situación, me dejé
llevar para intentarlo disfrutar. Fue fantástico. No me costó nada
seguirla a pesar de que ella se movía mucho mejor que yo. La aprisionaba
a mí, la soltaba, la volteaba… Había complicidad, como siempre la había
habido. Perdía mi mirada en la suya, mi sonrisa respondía a la suya,
nuestras voces se unían en una al reproducir la melodía… Mis manos se
perdían recorriendo su cuerpo y las suyas recorriendo el mío. Nos
fundíamos en los abrazos que nos regalábamos encajando nuestros cuerpos
para convertirlos en un único movimiento... Sentí acariciar el cielo, y
volví a perderme. La música, Vero, yo y nada más.
La
canción terminó y al instante me separé de ella. Debía volver a la
tierra. No podía dejarme llevar por los sentimientos que ella me estaba
desenterrando. No quería volver a pasar por lo mismo.
Ella me miraba complacida, dibujando una amplia sonrisa repleta de orgullo.
- ¿Ves como aún te sabes mover? – Me dijo. – ¿Ves como todavía sabes soltarte?
-
No siempre. – Respondí. Ella borró su sonrisa paulatinamente, clavó en
mis ojos una mirada intensa y arrancó unas palabras de mi boca que
previamente intenté tragar sin fortuna. – Ya sabes que sólo bailo así
contigo, que sólo tú me haces bailar así; que nunca he conseguido
disfrutar bailando con alguien como disfruto bailando contigo. – Ella
transformó su rostro en una profunda mirada llena de cariño y me abrazó
como sólo ella sabe abrazarme.
- ¿Sabes que te quiero muchísimo, verdad? – Me dijo al oído mientras aún me abrazaba.
-
Lo sé. – Contesté en el suyo mientras cerraba los ojos para poder
sentir todo su calor. – Yo te quiero más de lo que quisiera... – Le
susurré.
-
A pesar de que a veces no conteste a tus llamadas, de que tardemos
mucho en vernos, de que parezca que nunca me acuerdo de ti… te quiero
muchísimo. – Añadió.
-
No importa lo que hagas o dejes de hacer, yo te seguiré queriendo. En
todo este tiempo han pasado infinidad de cosas, y jamás he dejado de
quererte. Aunque no volviera a verte nunca más, jamás se borraría el
cariño que te tengo. – Ella me abrazó aún con más fuerza, y yo a ella.
Me besó dulcemente en la base del cuello. Me estremecí y sentí
derretirse mi corazón dentro de mi pecho. La besé tiernamente en su
frente. Noté humedecerse los ojos bajo mis párpados.
Una
mano se posó en mi hombro. Solté a Vero y ella a mí, me giré y vi a
Pablo ofreciéndome la bebida que previamente le había pedido que me
sujetara para poder bailar. Me miró fijamente mientras mis párpados
trabajaban frenéticamente para disimular las lágrimas que amenazaban
deslizarse por mis mejillas. Entendí perfectamente lo que esa mirada
expresaba: “¡Tío, no la cagues!” En ese momento me percaté de todo lo
que acababa de decir e incliné humildemente la cabeza. Estaba
avergonzado y nervioso. “¡Joder!”, pensé. Había hablado demasiado otra
vez. Necesitaba un descanso. Bebí un largo trago a mi combinado dejando
en el interior del vaso tan sólo el hielo.
- Voy al baño. – Anuncié.
Me
encendí un cigarrillo y empecé a caminar entre la gente en busca de un
poco de aire. Me sentía turbado. Me asaltaban un cúmulo de sensaciones,
emociones, sentimientos… que me resultaba imposible contener. Me sentía
tenso, necesitaba relajarme. Iba dando largas caladas a mi pitillo para
forzar una respiración más profunda.
Al
salir del baño me dirigí de nuevo a la barra. No podía dejar de beber;
ni de fumar. Seguía nervioso y tenso. Se me acercó la camarera y le pedí
otra copa. Ya ni siquiera me fijé en el escueto trapito que pretendía
cubrirle el torso.
- ¿Estás bien? – Me preguntó Pablo acercándose a mi espalda.
- Me parece que estoy un poquito gilipollas. – Contesté.
- Sí, bueno, eso ya se ve. ¿Pero te encuentras bien? – Preguntó de nuevo.
- Bien borracho. – Contesté. Y ambos reímos. Eché un vistazo a mi alrededor. - ¿Dónde está Mónica? – Le pregunté.
- Hace rato que está bailando en el podio.
- ¿Sola?
- Eso parece. – Contestó señalándome su paradero.
- Joder, como siga bailando así ya me veo haciendo un cordón de seguridad a su alrededor. ¡Vaya forma de moverse!
- ¡Ya ves! Me parece que nos va a tocar quitarle un montón de moscones de encima. – Me alertó Pablo.
-
No creo. – Dije riendo al ver como ella rechazaba vehementemente la
invitación de uno de los chicos que la observaban a pie del podio que
ocupaba.
- Al menos se sabe cuidar sola. – Admiró Pablo.
-
Parece que sí, pero de todos modos acerquémonos un poco, que vea que
estamos allí con ella; aunque no subamos al podio. No me gustaría que
pensara que desde que está Vero paso de ella. – Argumenté.
-
Pues la verdad es que te convendría, porque me parece que ella ya se ha
cansado de hacerte el juego mientras tú pierdes el culo por Vero. – Me
avisó. – ¡Que ya te vale!
- Lo sé, lo sé, lo sé. – Reconocí yo, y pensé unos segundos en silencio. – Vamos a ver cómo lo arreglo…
Nos
dirigimos hacia el podio que Mónica gobernaba sin oposición alguna.
Sonrió al vernos y con una sensual mirada nos dedicó un par de
movimientos más que provocativos. Yo la sonreí en un intento de
disimular mi rubor.
Vero
nos siguió. Yo la miré, y acto seguido miré a Pablo en busca de una
nueva mirada de complicidad. La suya me estaba esperando y captó a la
perfección la petición de la mía. Pronunció unas breves palabras al oído
de Vero y ella accedió a acompañarle a la barra. Yo, en silencio, se lo
agradecí. Me giré de nuevo hacia el podio y me acerqué a Mónica. Le
hice un gesto desde abajo y ella se agachó para prestarme su atención.
- ¿Estás bien? – Le pregunté.
- Perfectamente. He aprovechado para desmadrarme un poquito aquí arriba. – Dijo con un divertido gesto.
- Si, eso ya lo veo. Casi consigues provocarnos un infarto a Pablo y a mí. – Bromeé con picardía. Ella rió.
- ¡No seas exagerado! – Yo respondí con un gesto premeditadamente dubitativo. Ella volvió a reír.
-
Esto... – dudé – me preguntaba si serías tan amable de descender del
podio para permitirme el placer de bailar contigo. – Dije alargando mi
mano. Ella rió de nuevo ante la formalidad de mi propuesta.
- Por supuesto. – Respondió ella con un gesto elegante. – Pero tendrás que subir aquí conmigo.
Soy
incapaz de definir el gesto de pavor que conseguí reflejar en mi rostro
ante esa idea, aunque debió ser tremendamente expresivo pues, Mónica,
después de reírse ampliamente de ese gesto desencajado, descendió.
- Tú ganas. – Me dijo.
- ¡Menos mal! – Respondí yo con una expresión de alivio acompañando mis palabras.
No
sé exactamente si fue el hecho de que el tipo de música que sonaba en
ese momento no era el más adecuado para mi limitada capacidad de baile, o
bien la posibilidad que hubiese sobrevalorado mi capacidad como
bailarín después del baile con Vero y, al mismo tiempo, hubiese
infravalorado la capacidad de Mónica en ese mismo terreno; o bien la
suma de todo ello. En cualquier caso, no tardé en percatarme que en
apenas unos escasos segundos me sentía totalmente perdido. Era incapaz
de seguirla; ni siquiera acompañarla discretamente en su baile. ¡Dios
mío! ¡Moverse así debía ser pecado! Yo me quedé prácticamente estático,
intentando disimular la impresión de la que estaba siendo víctima con
apenas unos sencillos movimientos inexpresivos. Ella sonreía, no dejaba
de sonreír. Sólo borraba su sonrisa en algún momento en que sus
desconsiderados movimientos arrastraban su piel sobre la mía y, para dar
más efecto a su inconmensurable poder de seducción, transformaba su
rostro en la expresión más sensual que había visto en mi vida. La forma
de mirarme, el movimiento de sus labios al susurrarme la melodía de la
canción, la fineza del contorno de su rostro al mostrarme cada uno de
sus ángulos, la suavidad de sus mejillas al deslizarse dulcemente por
las mías…
Cuando
pude percatarme, mis pies estaban clavados en el suelo y mis ojos
perseguían cada uno de sus movimientos como si pretendieran atraparlos.
Ella se me acercó de nuevo hasta contactar su torso con el mío sin dejar
de moverse. La miré fijamente a los ojos, y ella a los míos. Fue
suavizando su baile sin apartar su mirada de la mía hasta detenerse.
¡Adoraba esos ojos! ¡Resultaba impensable apartar la mirada de ellos!
Deseaba perderme en ellos como en un laberinto, sin voluntad de
encontrar la salida. Sentía arder su mirada en la mía y notaba como me
iba derritiendo desde la cabeza hasta los pies. La veía cada vez más
cerca, y cuanto más cerca, más absorbido me veía yo por ella. Me sentí
perdido, atrapado. No podía moverme. Tan cerca se encontraba su rostro
del mío que ya no podía distinguir con nitidez el dibujo de sus pupilas.
Descendí lentamente mi mirada para ver como la proximidad de sus labios
a los míos encendía una ardiente pasión en mi boca, impaciente a la
evidencia de ese beso. A un suspiro de los míos, sus finos labios,
permanecían a la espera que yo recogiese ese regalo que me habían
reservado. Me sentía paralizado. Volví a mirarla a los ojos, aún más
difuminados. Ella alternaba el objetivo de su mirada entre la mía y mis
labios; parecía rogarme que lo hiciese ya, que no dudase más; parecía
explicarme que no era un sueño, que era real, que ella me deseaba del
mismo modo que yo a ella. En el tímido y lento movimiento de acabar de
acercar mi rostro al suyo pude ver como ella cerraba dulcemente sus ojos
y entreabría levemente sus labios invitando así a los míos. Cerré mis
ojos también, sin dejar de acercarme a ella, a la espera de encontrarme
con ese preciado presente.
Un
grito de júbilo familiar me hizo descender del cielo al que Mónica me
había transportado. Me giré bruscamente pensando que acababa de
desperdiciar la mejor oportunidad que iba a tener con Mónica. Me lo
había ofrecido en bandeja de plata. Y yo, arrastrado por mis dudas y mi
inseguridad, eclipsado por la impresión y la estupefacción que me había
causado, lo había permitido evaporarse. Me fascinaba mi propia
estupidez.
Vero
se había plantado de un salto a nuestro lado. No pareció percatarse del
momento mágico que acababa de interrumpir. Se hacía evidente el efecto
de los combinados que había ido tomando a lo largo de la noche. Toda
ella era euforia. Pablo venía tras ella fijando en mí una mirada de
orgullo y una sonrisa de satisfacción. En cuanto le miré, supo que su
mirada y su sonrisa no tenían razón de ser, y cambió su gesto por una
expresión a caballo entre la incredulidad y el asombro.
- ¿Ahora volverás a bailar un ratito conmigo? – Me preguntó Vero.
- ¿Perdona? – Inquirí yo aún absorto en mis pensamientos.
- Digo que ahora que parece que habéis parado de bailar, puedo robarte un ratito para mí, ¿no? – Insistió con un gesto infantil.
- Perdona, tengo que ir al baño. – Contesté bruscamente. Ella pareció sorprendida. – ¿Me aguantas la copa?
- Claro... – Dijo dubitativa mostrando un asombro lleno de incredulidad.
-
Espera, te acompaño. – Añadió Pablo. – ¿Qué demonios ha pasado? – Me
preguntó cuando ya nos habíamos distanciado de ellas. – Me pareció ver
como os besabais…
- ¡Pues justamente íbamos a hacerlo cuando ha aparecido Vero! – Contesté yo ligeramente airado.
-
Pero tío, ¿cómo no lo habías hecho ya antes si hacía varios minutos que
no pasaba ni una pizca de aire entre los dos? – Me recriminó.
-
¡No sé, tío, no sé! – Alcé la voz mostrando una actitud molesta. – Ha
sido todo muy raro. Hacía mucho tiempo que no me sentía así y… No sé, ha
sido todo tan, tan… No sé como explicarlo…
- Vaya, vaya… ¿Significa eso que te estás enamorando? – Me preguntó con una sonrisa burlona acechando la comisura de sus labios.
- ¡No digas tonterías! – Le contesté fríamente.
- Vamos ¡No me seas frívolo! – Increpó – Mónica te gusta de verdad. ¡No te atrevas a negármelo!
-
Hombre… yo no diría tanto. – Contesté intentando calmarme. – Es cierto
que ha conseguido ruborizarme, hacer que me ponga nervioso…
- ¡Lo sabía!
- ¡Eh! ¡Que yo no he reconocido nada! – Me apresuré a aclarar.
- Venga tío, nos conocemos desde hace una infinidad de años y sé muy bien lo que cada palabra que pronuncias quiere decir.
-
Cree lo que quieras. – Contesté ásperamente. Pablo soltó una carcajada
llena de satisfacción mientras yo entraba en uno de los retretes.
Cuando
salimos de los servicios la música había dejado de sonar y las
numerosas luces que encontramos encendidas nos cegaban los ojos, más
amantes de la oscuridad previa. La noche llegaba a su fin. Hasta ese
punto había dado de sí. Y, aunque por un lado me parecía haber vivido
una noche fantástica y muy intensa, por otro tenía la sensación de que
había sido insuficiente. Me sentía agotado y al mismo tiempo
insatisfecho.
Vero
y Mónica nos estaban esperando con nuestros combinados en el lugar
exacto en dónde las habíamos dejado. Bajo las luces de los focos sus
rostros mostraban una expresión más cansada.
-
Acabaros los cubatas o pedid un vaso de plástico. – Nos sugirió Vero
cuando llegamos a su altura. – Nos están echando. – Dijo señalando con
la mirada a un portero que invitaba a los últimos clientes a abandonar
el local.
Ambos
dimos un último par de sendos tragos a nuestros respectivos combinados y
dejamos lo que quedó en la barra más cercana. Ya habíamos bebido
suficiente, sobretodo yo.
Afortunadamente
había parado de llover, lo cual agradecí. No me apetecía tener que
correr hasta el coche para evitar calarme. Me sentía ligeramente
decaído, triste. No quería irme a dormir aún. Estaba cansado, pero no
quería llegar a casa con esa sensación amarga que me estaba invadiendo.
- ¿Os apetece ir a hacer la última copa a mi casa? – Me arriesgué a preguntar.
-
Hombre, no sé... – Respondió Vero. – Si te pido que me lleves ahora a
casa sé que no tendrás ningún reparo, pero si te digo que me lleves
cuando estemos todos acomodados en el sofá de la tuya, temo que te
resulte un esfuerzo mayor.
Miré a Mónica en busca de su opinión. Ella hizo un gesto que pretendía hacer suyo el comentario de Vero.
- A malas, mis compañeros de piso no están, así que tengo sitio para todos... – Seguí arriesgándome.
- ¿No les importará? – Preguntó Vero.
-
No creo. – Respondí apresuradamente. – Aunque de todos modos no tienen
porqué enterarse... – Añadí con una mirada pícara. Ambas sonrieron.
Pablo me miraba en silencio, cómo si intentase leer cada uno de mis
pensamientos. Se hizo un incómodo silencio. – Venga, ¿qué decís? –
Insistí. Vero se encogió de hombros dando a entender su conformidad.
Mónica parecía dudar. Miré a Pablo con complicidad y de nuevo a Mónica. –
Nos portaremos bien, te lo prometo. – Dije en un gesto de súplica. Ella
se echó a reír y tras ella también nosotros.
- De acuerdo. – Acabó consintiendo tímidamente con una sonrisa inocente.
- Estupendo. – Celebré. - ¡Vamos!
Nos
metimos todos en mi coche. Yo, desoyendo el consejo de Pablo, que se
ofreció a conducir, ocupé el asiento del conductor, no sin antes jurarle
que mi estado era suficientemente adecuado y que mi velocidad sería la
prudente. Me encantaba conducir por la ciudad de noche. Me resultaba
relajante guiar mi coche por una avenida principal por la que sólo
circulase mi vehículo.
En
breves minutos entrábamos por la puerta de mi casa. Invité a todos a
acomodarse en los sofás de la sala de estar al tiempo que les ofrecía
una cerveza. Todos accedieron a una.
- Es bonito el piso. – Halagó Vero al tiempo que se sentaba en uno de los sofás.
-
Gracias. – Contesté yo. – ¿No lo habías visto? – Ella contestó con una
mirada dándome a entender que obviamente nunca la había invitado. Yo
incliné humildemente la cabeza con gesto arrepentido. Miré a Pablo,
quién parecía hundido entre los cojines del sofá. – Ha sido una noche
guapa, ¿eh?
- Ya ves... – Contestó con verdadero esfuerzo. – Estoy reventado. – Reconoció.
- Ya se nota. – Le recriminé con una sonrisa.
-
Yo también estoy muerta. – Reconoció Mónica con un gesto cansado al
tiempo que se quitaba las botas con la voluntad de dar un descanso a sus
pies.
- ¿Pero te lo has pasado bien? – Le pregunté con una mirada de complicidad.
- Muchísimo. – Respondió con una leve sonrisa cansina.
- Me alegro. – Añadí correspondiendo a su dulce gesto.
Con
el paso de los minutos la postura sentada en el sofá fue derivando a
una postura más propia en una hamaca. Vero y Mónica parecían quedarse
adormecidas; y Pablo yo nos esforzábamos en acabarnos nuestras
respectivas cervezas y las de ellas, que no parecían poder terminar.
- Será mejor que empecemos a pensar en la cama, ¿no te parece? – Le pregunté a Pablo.
- Estoy de acuerdo. – Contestó Vero al tiempo que Mónica asentía con los ojos aún cerrados.
- ¿Piensas llevarlas ahora a casa? – Me preguntó Pablo. Yo le respondí con una mirada perezosa.
- Si no te importa que nos quedemos, a mí ya me está bien el sofá. – Añadió Vero.
- Habiendo camas, ¿para qué dormir en el sofá? – Anuncié yo.
- Cualquier cosa serviría. – Contestó Vero con voz perezosa.
-
Mónica, ¿a ti te importa quedarte aquí esta noche? – Pregunté. Ella se
limitó a negar con la cabeza del mismo modo que antes asentía. Miré a
Pablo sonriéndole, él también sonreía.
-
Tengo la impresión que tendremos que llevarlas a la cama en brazos. –
Comentó él. Yo respondí con un gesto de desmesurada pereza aunque en
realidad no me desagradaba la idea.
- Yo puedo ir sola. – Anunció Vero incorporándose del sofá. - ¿Dónde duermo? – Me preguntó
-
En la habitación del fondo a la derecha. – Anuncié. – Yo, dormiré en mi
habitación. A Pablo le había preparado la cama en la habitación de mi
compañero de piso, así que, si no os importa, Mónica y tú podéis dormir
en la habitación doble. Aunque si os apetece hacer un cambio de
habitaciones a media noche... – Bromeé. – Pablo sonrió mientras Vero se
esforzaba en ocultar una sonrisa para hacer un gesto despectivo.
- ¿Al fondo a la derecha? – Preguntó en espera de mi confirmación.
- Eso es.
- Buenas noches. – Se despidió.
- Buenas noches. – Respondimos los demás
- Mónica, hay que ir a la cama... – Le sugirió dulcemente Pablo.
- Nooo... – Suplicaba ella aferrándose al sofá.
- No te preocupes, yo me encargo. – Le dije a Pablo. Él asintió.
- Yo voy tirando hacia la habitación.
- De acuerdo.
Me quedé unos breves momentos observando a Mónica estirada en el sofá, con los ojos cerrados. Estaba preciosa.
-
Mónica cariño, deberías ir a la cama. – Ella hizo un leve gesto de
desaprobación. – Si te quedas en el sofá, mañana te dolerá todo el
cuerpo.
- Es igual. – Contestó con un hilo de voz.
-
No, es igual no. – Insistí. – Agárrate a mi nuca, que te llevo. – No
protestó, al contrario de lo que yo esperaba, ella extendió su mano y
dejó que la cogiera en brazos.
Me
sorprendió la ligereza de su cuerpo; más aún dado mi débil estado
físico, nada musculoso. Ella me rodeó con sus brazos al tiempo que
recostaba su cabeza en mi hombro. La llevé a través del pasillo hasta la
puerta de la habitación que compartiría con Vero. Mónica hizo un
esfuerzo extendiendo uno de sus brazos para abrirme la puerta. Evitando
cualquier movimiento brusco la acomodé en la cama y la cubrí
parcialmente con una manta.
- Buenas noches. – Le susurré al tiempo que acariciaba suavemente el contorno de su rostro. Ella, adormecida, no contestó.
Salí de la habitación y me encontré a Pablo en el umbral del cuarto de mi compañero de piso.
- ¿La has dejado en la cama? – Me preguntó.
- Sí. – Contesté. – Estaba muy cansada.
- Eso parecía.
- Yo también estoy muerto. Me voy a dormir, si no te importa. – Le informé.
-
Yo también. Ha sido una noche larga, aunque muy divertida. – Añadió con
una sonrisa. Yo asentí dibujando otra, nostálgica. – ¿Estás bien? – Me
preguntó.
- Sí, claro. – Contesté sorprendido. – ¿Por qué?
-
No sé. Has tenido una noche bastante intensa y un tanto complicada.
Antes estabas hecho un manojo de nervios y te irritabas por cualquier
cosa… – Adivinó.
-
Sí, es cierto. – Reconocí. – Perdona por lo de antes. – Pablo negó con
la cabeza indicando que mi disculpa no era necesaria. – Bueno, al final
todo ha salido bien. No he cometido ninguna estupidez, a pesar de haber
flaqueado un poco, y tengo buenas sensaciones para el futuro inmediato. –
Añadí con una sonrisa un tanto pícara. Pablo sonrió ampliamente.
- Aprovecha ese futuro. – Me aconsejó en tono cariñoso a la vez que me abrazaba.
En
ese momento se abrió la puerta donde Mónica y Vero presuntamente
dormían. Pablo y yo nos miramos perplejos. Mónica apareció tras ella. Yo
la miré con un gesto interrogativo. Ella miró a Pablo.
- No te había dado las buenas noches. – Le dijo.
- Buenas noches. – Le dijo Pablo con expresión divertida al tiempo que ella le besaba la mejilla.
-
Buenas noches. – Respondió ella. Acto seguido me miró a mí y, ante mi
sorpresa, me abrazó. Yo la correspondí al tiempo que miraba a Pablo con
un gesto de incredulidad. Él me miraba con la misma expresión en su
rostro. Al sentir mi abrazo ella me abrazó con más fuerza y yo
nuevamente la correspondí estrechándola contra mi pecho y besándola
dulcemente en la frente. Intercambiamos una penetrante mirada.
-
Buenas noches. – Le dije yo al separarme de ella. Ella nuevamente no
respondió. Al descender sus brazos de mi cuello, acarició suavemente mi
brazo al tiempo que me regalaba una de sus miradas más dulces. Soltó mi
mano y se dirigió a la puerta de mi habitación. Pablo y yo la mirábamos
atónitos. Se paró ante ella, como si dudase, y sin más dilación, entró.
- Serás cabrón... – Me espetó Pablo asombrado.
- Estoy flipando tanto como tú. – Le reconocí.
-
Sí, seguro. – Me dijo incrédulo. – Bueno, ya sabes que si necesitas
material, yo siempre llevo. – Me anunció subrayando el segundo sentido
que pretendía darle.
-
No te preocupes. – Le respondí con una sonrisa. – En el primer cajón de
mi mesita yo también tengo. – Añadí. – Bueno, siempre y cuando no se me
hayan caducado, porque ya no recuerdo la última vez que…
- ¡Anda mentiroso! Ve con ella, no sea que se canse de esperarte. – Me aconsejó mientras reía.
- Será lo mejor. – Corroboré. – Buenas noches, tío. Hasta mañana. – Me despedí.
- Eso, hasta mañana. Y mañana me cuentas qué tal…
Yo
le respondí con una sonrisa de complicidad mientras me dirigía a mi
habitación. Al igual que ella me paré un segundo ante la puerta. Me
sentía nervioso. Respiré profundamente y entré.
Ella
estaba estirada en mi cama de costado. Al verme esbozó una tímida
sonrisa; parecía que el cansancio le dificultaba muchísimo dibujar
cualquier gesto.
-
¿Estás bien? – Le pregunté con ligera preocupación. Me pregunté qué
hacía en mi habitación si apenas podía mantener abiertos sus párpados.
Había temido no tener fuerzas para poder ofrecerle un arsenal de pasión
desenfrenada, como pretendía; pero al mirarla, pensé que ella debía
disponer de menos energía que yo. Ligeramente frustrado, a la vez que
profundamente ilusionado, imaginé que nos regalaríamos unos cuantos
besos, caricias y abrazos hasta que, sucumbiendo al cansancio, nos
quedaríamos dormidos arropados el uno en los brazos del otro.
- Estoy cansada… – Reconoció al tiempo que recomponía su posición en la cama en busca de una postura más cómoda.
- Bueno... – Dije en tono comprensivo. – Dame un segundo.
Bajé
la persiana de la habitación, me desabroché la camisa y me quité el
cinturón y los zapatos. Invertí unos breves minutos en buscar entre mi
larga colección de discos compactos un par o tres que me ayudasen a
crear el clima de relajación e intimidad que pretendía. Coloqué los
elegidos en el reproductor, programé las canciones que me parecieron más
adecuadas, y pulsé el “play”. Antes de apagar la luz quise dedicar una
última mirada a aquella belleza que me esperaba recostada en mi cama. Me
sentía el hombre más afortunado del mundo.
Su
cuerpo reposaba en posición fetal, en busca de calor. Su dulce rostro,
relajado, transmitía paz y felicidad. Su respiración era lenta y
profunda, escapando rítmicamente por sus dulces labios ligeramente
despegados. Imaginé su mirada bajo sus párpados. Estaba preciosa. Era
preciosa.
Me
acerqué sigilosamente a ella y la cubrí con el edredón que encontré a
sus pies. Aparté un mechón de pelo que cubría parcialmente su mejilla y
la besé dulcemente en la sien.
- Buenas noches. – Le susurré suavemente al oído.
Me
incorporé en dirección a la puerta y me giré una última vez en busca de
una imagen que grabar en mi memoria. Mis labios dibujaron una tímida
sonrisa un tanto melancólica. Apagué la luz de la habitación y cerré la
puerta detrás de mí.
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