miércoles, 13 de agosto de 2008

Mi recompensa

En tan sólo una mirada,
en tan sólo una sonrisa…
Sin tan siquiera palabras
y con apenas caricias,
puedo ver lo mucho que he ganado,
puedo ser un hombre afortunado.

Venciendo al fin los miedos,
rompiendo al fin con el dolor;
tras huir del pasado aciago
y podar de mi alma el rencor,
puedo derretirme en la pasión de un abrazo,
puedo fundirme al sentir ese beso anhelado.

Pues jamás hallé comparable bondad
a la que tu alma en tu mirada refleja,
ni hallé semejante grado de felicidad
al que hoy mi corazón al fin alimenta.

jueves, 5 de junio de 2008

Quizás fuera mejor...

Quizás fuera mejor no sentir,
Quizás fuera mejor no amar;
Mejor fuera el amor desgajar
Y arrastrarme a un feliz sinvivir.
*
Quizás fuera mejor negarme,
Quizás fuera mejor odiarte;
Mejor fuera de mí arrancarte
Y lograr así preservarme.
*
Pues no hay tiempo suficiente
Para perderte en el olvido,
Ni logro andar el recorrido
Al infinito de ti carente.
*
No existe para este mal cura,
No existe ningún final feliz.
Cual yugo arresta la cerviz,
Mi amor por ti aún perdura.
*
No te culpo de mi inocencia,
Tampoco de mi ingenuidad;
Sólo de tu indiferencia
Y tu aparente mezquindad.
*
Pues a pesar de ser consciente
De mi perdición a tu esencia,
Nunca me tuviste presente
En tus reclamos de prudencia.
*
Y ahora sigues en tu empeño
De revivir lo que muerto está;
Resucitando un viejo sueño
Que tardé años en enterrar.
*
Pero atiende a este consejo
Que por último te puedo dar:
Corazón ahogado en veneno,
Sólo veneno puede ofrendar.

jueves, 1 de mayo de 2008

Caught by the past

Hammering in my heart
which is caught by the past
I try to break it all
to feel free for a while.

martes, 15 de abril de 2008

Eres tú

La suave brisa que tras la tempestad
mi gélido espíritu templa,
el cálido ungüento curador del mal
que mi triste alma atormenta,
eres tú.
*
La suave caricia que tras la muerte
mi débil corazón resucita,
el avivador de ese amor ferviente
que la dulzura de tu ser suscita,
eres tú.
*
Eres la redención del pecado
que tras la pena sufrir
muere en el pasado.
*
Eres la esencia de ese elixir
que una vez soñado
se niega a existir.

jueves, 10 de abril de 2008

Sin título

Verte es el mayor placer
y el más grande tormento.
En tan sólo un momento
siento mi alma perecer.
*
De la rosa que anida en tu seno
yo tan sólo alcancé las espinas,
y de tu mirada serpentina
el dulce néctar de su veneno.
*
Tu presencia el recuerdo aviva.
El tiempo no lo arroja al olvido...
Y yo ando un camino perdido
donde no distingo noche de día.
*
Fueron muchas las palabras obviadas,
y más aún las nunca pronunciadas...
Hubo muchos sentimientos ocultos
tras miradas rebosantes de orgullo.
*
Mas no tiene lugar el reproche
siendo ambos verdugo del otro.
En nuestra huída del dolor propio
no tuvieron lugar actos nobles.
*
De nuevo los ciclos de la vida
guían nuestros pasos al reencuentro
y volveré a quedarme en el intento
de olvidar esta esperanza esquiva.
*
Verte es el mayor placer
y el más grande tormento.
Concédeme un momento
para volverte a ver...

lunes, 18 de febrero de 2008

Vive, sueña, ama...

¡Vive!
Mi alma clama con un alarido abrumador.
Largos años de penumbra
mis pasos aún perturban.
Mas arrojo al olvido mi historia de dolor.
*
¡Sueña!
Mi mente ordena con un grito ensordecedor.
Oscuros recuerdos ensombrecen
la virtud de la dicha presente.
Mas los destierro y me otorgo el propio perdón.
*
¡Ama!
Mi corazón suplica en un susurro de voz.
De estas antiguas heridas
brota aún la sangre vertida.
Mas la muerte he burlado y ya no tengo temor.
*
Vivir, soñar, amar…
Tres antiguos y oscuros misterios
que antaño consumían mis fuerzas…
Largo tiempo de esfuerzo etéreo
para al fin hallar una respuesta…
Tú.

Confusión

Tenebrosas brumas descienden
a los infiernos de su alma;
corazón afligido que espanta
la virtud del amor que siente.
*
La sombra del pasado extiende
las dudas que en su interior guarda;
miedos, temores que aún lastran
la dicha del día presente.
*
Y entre nieblas busca la verdad,
la razón, el camino cierto
que alivie de su alma el pesar.
*
Y no hallo de paz un momento,
ni sé distinguir si es real
o tan sólo vivo en un sueño.

Reflexión

Agazapado en los lúgubres rincones de mi aposento
observé impaciente el lento transcurrir del tiempo.
*
Esperando cual felino hambriento
una leve distracción de su presa,
tras la ventana mi mirada acecha
en busca de lo que ceda el viento.
*
Y en esa rueda cíclica en la que naufraga el tiempo
esperé reencontrar de mi vida los buenos momentos.
*
Oscuridad, nostalgia, miedo y soledad
asiduas huestes son de mi cordura,
al tiempo que, anhelante de libertad,
mi alma ansía unas migajas de fortuna.
*
Mas en el arduo oficio de esperar no hallé recompensa,
sólo fue tras surcar los inexplorados límites de mi fuerza.
*
Pues no hay premio a la holgazanería,
ni recompensa a la expectación.
La felicidad reside en los que día a día
persisten en su lucha con tesón.

Resaca

Finalmente sonó el despertador. Había malgastado largas e interminables horas dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y sin reunir las fuerzas ni el ánimo suficiente para lograr incorporarme. Hice un notable esfuerzo para entreabrir ligeramente los párpados. ¡Maldita sea! ¡Me ardían los ojos! La claridad del día se escolaba tímidamente por las rendijas de la persiana que nuevamente había olvidado sellar antes de acostarme. Sentí mis ojos hincharse en sus cuencas y amenazar con hacer explotar una cabeza bastante débil de por sí. El zumbido rítmico de mi pulso martilleaba dolorosamente mis sienes y noté crujir todas mis articulaciones en mi primer intento frustrado de levantarme. Resignado, abrigué mi mirada soñolienta bajo el cobijo de las oscuras sábanas que cubrían mi cuerpo prácticamente desnudo y esperé.
Despegué mi pastosa lengua de un inerte paladar y la utilicé para devolver el volumen a un rostro aplastado durante horas por la almohada. Comprimí con una de mis manos la parte alta de mi pesado vientre que, completamente revuelto, amenazaba con expulsar los excesos de la noche anterior. Logré contener esas arcadas, aunque no sin poder evitar un fuerte ataque de una tos rasposa que parecía desgarrar, con cada violenta sacudida, los tejidos de mi garganta. Demasiado alcohol, demasiado tabaco; demasiados excesos para una noche tan absurda y vacía.
Con paciencia y mucha lentitud fui descubriendo mi rostro por el contorno de la sábana obligando de nuevo a mis ojos a responder a la luz del día. Como cada mañana, me volví hacia el otro lado de la cama esperando encontrarte para, con una suave caricia, rescatarte de tu sueño y desearte un buen día. Pero no estabas ahí. Al igual que ayer, que el día anterior, que la semana pasada, era tu vacío en mi cama quien encontraba. Un leve suspiro agrio expiró en mis labios y me quedé unos instantes absorto con la mirada fija en la almohada en la que solías reposar esa hermosa melena ondulada. Te imaginé nuevamente allí, mirándome con ese brillo en tu mirada, regalándome tu más tierna sonrisa matutina y, tras uno de esos dulces besos que me regalabas, desearme una leve jornada. Abracé el hueco de tu ausencia en mi colchón deseando hallar de nuevo ese olor que antes impregnaba mis sábanas. Pero aun éste me había abandonado también. Cerré los ojos con fuerza reprimiendo una lágrima cautiva de mi orgullo al tiempo que comprimía la almohada contra mi pecho.
Me incorporé bruscamente en busca de esa serenidad perdida tras tu partida. La cabeza me daba vueltas, el estómago se revolvía y, tras intentar respirar profundamente, sentí el pecho comprimido bajo mis costillas. Caminé torpemente hacia la ventana intentando creer que el nuevo día podría esta vez ofrecerme una nueva oportunidad; aunque en el fondo de mi alma no albergaba el más ligero atisbo de esperanza. Me armé de un falso valor inexistente y corrí la cortina. Tal como sospechaba, de nuevo hoy mis pasos tendrán que abrirse camino entre la niebla.

El último suspiro

Tengo frío. Sobre el gélido suelo reposa mi débil cuerpo moribundo. Tras el paso de una oscura noche primaveral, yace parcialmente desnudo sobre un par de viejos cartones que le aíslan del suelo. La humedad hace horas que se apoderó de mis huesos y, desde entonces, mi desgastado organismo no ha dejado de temblar. Agazapado bajo el abrigo de una sucia esquina abandonada, procuro mantener el poco calor que mi cuerpo consigue generar.
Con la llegada del amanecer, los primeros rayos de sol acarician tímidamente mi piel helada. Tras el lento transcurso de unos breves minutos, empiezo a oír el bullicio que genera la ciudad al ir despertándose soñolienta a mi alrededor. Abrigo mi rostro entre mis brazos en un intento de huir de la mirada de aquellos que en su día olvidaron mi nombre. Y a su vez, absorto en las vicisitudes de la propia existencia, cada uno pasa inmutable por mi lado sin tan siquiera volver su rostro sobre mí. Nadie se detiene a socorrerme, nadie goza de suficiente piedad.
Tengo frío. El sol no logra templar mi piel y mi respiración, entrecortada, empieza a provocar un pulso lento, inaudible en mis venas. Siento como se va helando la sangre en mi interior y comienzo a sudar. Lentamente se difumina la imagen de mis pupilas y los demás sentidos se empiezan a nublar. Cierro los ojos y pronto desaparece la algazara que crecía a mi alrededor para dar paso al más inquietante silencio. A la espera del último suspiro, siento desvanecerse mi conciencia tras el último latido de mi corazón.
*
Bajo mis pies, observo mi cuerpo inerte que al fin ha dejado de temblar. Ya no siente frío, ya no siente dolor. A su alrededor, el mundo sigue impasible su camino, rehuyendo su mirada, sin apenas percatarse de su presencia. Nadie se detiene para intentar ayudar, ya nadie se molesta ni siquiera a mirar. La ciudad sigue despertando al amanecer de su nuevo día. Un nuevo día para el mundo. El último día que fue para mí.

Entre la luna y el mar

Su mirada se deslizaba dulcemente sobre la superficie de un mar que se extendía hasta la más inimaginable inmensidad. Sus ojos escudriñaban el horizonte esperando reencontrar ese sol que el crepúsculo le había arrebatado con presteza. ¡Qué efímera resultó ser esa puesta de sol! ¡Y cuán eterna la noche que le aguardaba!El cielo lentamente fue tiñendo de tonos oscuros el claro azul que ese día había prestado y amenazaba con ennegrecerse hasta disolverse en un gran vacío. Tan sólo la luna y alguna tímida estrella osaba desafiar esa oscuridad esforzándose por ofrecer una visión menos lúgubre del firmamento.
La suave brisa nocturna se asomaba lentamente tras la línea del horizonte absorbiendo la humedad que el mar desprendía. Sobre el acantilado, empezaba a sentir esa dulce caricia que le atravesaba la piel hasta abrazar sus huesos. Su olfato se embriagaba con el aire húmedo que el viento le brindaba al mismo tiempo que las olas deleitaban sus oídos con el suave murmullo que producían al romper bajo sus pies. Extendió sus brazos en un intento de fundirse en ese sinfín de sensaciones y, tras haber fijado su mirada en lo más profundo del firmamento, cerró sus ojos y liberó los recuerdos que torturaban su mente.
Sintió latir con fuerza el corazón dentro de su pecho como si intentara hacerse un lugar en un mundo que parecía haberle olvidado. Sus ojos se vidriaron bajo sus párpados y sintió descender la amargura a través de su garganta. Su rostro, que ante el reciente ocaso se había iluminado bajo una sonrisa placentera, se había transformado en un agrio gesto desencajado.
Atormentado por su propia conciencia, volvió a descubrir su mirada ante la penetrante luz de la luna. La brisa se apresuró a enjugar sus lágrimas con una tierna caricia y el viento congeló la nostálgica sonrisa que sus labios habían dibujado con timidez. Su vello se erizó al oír el leve murmuro que las olas susurraron en sus oídos. Su mirada se volvió al mar para ver como la luna extendía su brazo sobre su ondulante superficie. Él la correspondió alargando el suyo en un ferviente deseo de fundirse con ella y, con la mirada hundida en la profundidad del mar, se inclinó y su cuerpo se confundió en el aire y se diluyó en el fondo del mar.

Amiga mía...

¿Hasta cuándo permanecerás tú, incansable al paso de los años, incesante en tus egocéntricos propósitos, habitando el recodo más inhóspito de mi corazón? Dime mi fiel amiga, ¿no ha sido suficiente este largo tiempo bajo tu manto? ¿No te ha bastado mi absoluta abnegación? ¿Cuándo darás fin a estos días oscuros? ¿Cuándo abdicarás en beneficio de un halo de luz esperanzador? ¿Acaso tu sabia mirada no ha sabido ver que tu compañía se ha convertido en un lastre, tu libertad en una celda y tu virtud en deshonor?
Mi corazón comienza a resquebrajarse bajo el yugo de tu celo. Tu omnipresencia inunda todo mi ser oxidando el más tímido sentimiento, la más ligera emoción, los más tristes despojos de una humanidad dada ya por perdida.¡Abandóname! No negaré que en tu seno he encontrado consuelo en mis días más lúgubres. No olvidaré que en tus preceptos encontré el camino que el destino me reservó. Pero próximo está el día en que mis labios vuelvan a esbozar una sonrisa; próximo el tiempo en que mis ojos vuelvan a brillar. Mi corazón palpita una nueva melodía. Mis ojos divisan un nuevo amanecer. Mi pelo ondula ante el viento del cambio. Mi oído ha escuchado la llamada de la libertad.
¡Despréndete de mi Soledad! Pues los días de tu gloria están ya lejanos, tu esplendor se desvaneció cual el destello de una estrella fugaz. Mi futuro junto a ti es decadente y sombríos los caminos que se extienden a tus pasos.
¡Libera mi corazón! Permítele volar en busca del preciado sueño de su juventud. No lo ahogues en tu profundo abismo. No lo arrastres a tu eterno sinvivir.

Sueños, esperanza, amor...

Yo no sé si de esta vida aprendí ya los mayores secretos o si, por el contrario, la vida sigue pasando ante mis ojos y yo sigo sin entender nada.
*
Sueños. Todo aquello que deseamos ser, todo aquello que deseamos poseer. Ese vibrante anhelo de llevar a cabo un proyecto, una idea, una visión. Ese conjunto de objetivos y ambiciones que nos motivan día a día a soportar los sacrificios que se interponen entre nosotros y nuestra meta. Sueños. Los buscamos a pesar de no distinguir con claridad hacia dónde nos guiarán. Los perseguimos a pesar de ignorar si, una vez logrados, nos satisfarán.Sueños. Siendo niños nos enseñaron a luchar por alcanzar lo que se esconde más allá de nosotros mismos. Pero nadie nos enseñó qué hacer después de conquistar un sueño y, peor aún, nadie nos enseñó cómo reaccionar ante la frustración que produce no lograr alcanzarlo. ¿Realidad o sueño? Y ante esa disyuntiva, ¿cuál será nuestra elección? ¡Soñar! Lo que hemos aprendido… ¡Soñar, y evitar despertar!
*
Esperanza. La mejor droga conocida, el mejor evasor de la realidad. Ese tenue resplandor en la oscuridad al que nos abandonamos cuando, en la perseverante búsqueda de nuestros sueños, caemos en un pozo de desesperación. Esa palabra que resuena en nuestras mentes cuando éstas desfallecen y se pierden en un laberinto de circunstancias. Esperanza. Ese concepto bajo el que nos escudamos ante los arrolladores sucesos que nos acometen a diario empujándonos al incierto destino que nos depara el azar.
La esperanza es ese irracional sentimiento que nos evade de la realidad presente para trasportarnos a un utópico porvenir. Es ese propio engaño en el cual nos vestimos de víctimas, siendo a la vez verdugos, con el objetivo de hacer más ligero el peso de nuestra propia incapacidad. ¡La esperanza! Lo último que se pierde, dicen… ¡Ojalá fuera cierto!
*
Amor. El mayor misterio de esta vida; su principal aliciente. Esa única palabra para definir lo que cada uno experimentamos de modo distinto, a la vez que todos buscamos por igual. Esa sensación embriagadora que perseguimos como el más preciado tesoro. La caja de Pandora que desata los más profundos sentimientos de nuestra alma. El amor. Esa incertidumbre que, entregados plenamente a su hallazgo, nos carcome el espíritu. Esa desolación que, al no ser correspondido, nos corroe las entrañas arrastrándonos al más oscuro abismo.
El amor. Causa de vida y muerte, de sonrisas y lágrimas, de la mayor felicidad y la mayor desdicha. La fuente del enamorado, el sustento del correspondido, el veneno de quien ha sido rechazado, la tumba de quien no lo ha conocido. El más ansiado sueño, la más ardiente esperanza. ¡El amor! La compañía más noble… ¡El más fiel traidor!

Tiempo

Si de todo lo que en esta vida se escapa
Lo que jamás podremos poseer es el tiempo,
¿Por qué vivimos como si éste fuese eterno?
¿Por qué huimos de lo que ésta nos depara?
*
Si de este futuro incierto
Ignoramos el secreto,
Aprovechemos el tiempo
Que nos brinde este momento
*
Como una bella flor primaveral perece
Y, con ella, su fragancia desaparece,
Así también nuestra vida se desvanece
Y, con ella, el más profundo amor se pierde
*
Como de una llamarada
Se origina un sentimiento
También en un momento
Puede convertirse en nada
*
Pues no siempre es preciso abrazar el temor
A aquello que quizás jamás llegue a ocurrir.
En ocasiones es mejor luchar con valor
Por aquello que a tu corazón hace latir.
*
¡Libérate de esos miedos
Que encadenan este sueño!
¡Y sucumbe a este deseo
Que en tu corazón hay preso!

Confesión

Ya no puedo negármelo. No consigo ocultármelo más. De nada me sirve ya engañarme. Lo tengo que aceptar. No puedo ignorar su presencia. Ya no consigo fingir que no existe. De nada me sirve intentar vencer lo que se empeña en perdurar. Me tengo que resignar. Y es que yo jamás lo he deseado, aún menos buscado y menos aún provocado. Es un imprevisto, que no un accidente; algo no deseado, aunque no rechazado; un proceso tan sólo ignorado aferrado a la vana esperanza de verlo partir del mismo modo que no lo vi llegar. Lo tengo que asimilar.Es un sentimiento que creí haber eliminado tras apartarlo de mí y condenarlo al destierro. Representa un oscuro episodio de mi vida que encerré en los profundos calabozos de mi corazón. Y ahora vuelve a mí. En estos días aparentemente apacibles donde la serenidad y el sosiego colmaban la estabilidad en la que convertí mi vida, las primeras ráfagas de este huracán amenazan la insignia de mi estandarte.
¡Cuán paradójico me resulta sufrirlo, habiendo yo, escéptico, huido de él, cuando tú, anhelante, lo buscas por doquier con la esperanza que apacigüe los embravecidos mares por los que sueles naufragar!
¡Quisiera dártelo entero! Dándote con él la libertad de disfrutarlo con quien pudieras desear. Mas tan sólo puedo ofrecerte compartirlo, siempre que tú lo aceptes y lo compartas por igual. Sé que no es así como tú lo esperabas. Sé que jamás creíste poderlo hallar aquí. Sé que siempre pensaste encontrarlo en otro y por eso persigues, suspirando, a quienes nunca van a querértelo ofrecer. Siento decepcionarte al revelártelo pero, lo que tú buscas, lo tengo yo.
Y es que lo siento al posar mis ojos en tu plácido rostro para contemplarte dormida en el sofá. Y me inunda cuando al despertar los buscas para saber que permanezco a tu lado. Y me desborda al dibujarme esa tierna sonrisa con que a menudo premias esa perseverancia. Y me ahogo en él cada vez que me abrazas y me besas en uno de esos momentos en los que el mundo desaparece para concedernos un universo en el que sólo existimos tú y yo.
Mas es tan solo en la penumbra de la noche, bajo la desinhibición de tu propia embriaguez, envuelta en las turbulencias que definen tu atormentada existencia, que recuerdas que soy yo quien está a tu lado, que son mis brazos los que te arropan cuando buscas calor, que son mis manos las que enjugan tu llanto cuando las lágrimas escapan a tu orgullo. Y es entonces cuando, por unos breves instantes, todo me parece perfecto. Y me olvido de la frustración por la que transcurre mi propia vida, me olvido de la discreción y el disimulo en los que oculto lo que siento por ti, e incluso llego a olvidar lo mucho que odio el verbo amar.
Pero cuando la noche sucumbe al amanecer, la embriaguez a la desazón, y la tormenta al cálido rayo de sol, todo vuelve a ser como siempre: bello, pero no hermoso; sincero, pero no transparente; afectuoso, pero no amado. Y es entonces cuando, por una eternidad, todo me parece vacío y sin sentido. Y recuerdo lo absurdo de todo cuanto compone mi propia vida, recuerdo la melancolía y la nostalgia con la que inundo el transcurso de mis días, y vuelvo a recordar que, para ti, seguiré siendo tan sólo un buen amigo, y que nada más cabe esperar.

Desgraciada?

Sóc desgraciada, dius
decepcionada
per falta d’amor.
Mira’m als ulls.
Aquest color
és una fiblada
fruit del dolor
de la teva punyalada.
Mira’m als ulls
i veu la meva mirada.
Veus aquesta lluentor?
Ja mai podràs dir
que no et sents estimada
sense haver de mentir.

Hell

Es un eterno sueño del que mi mente no despierta,
un insatisfecho deseo pendiente de olvidar;
quizás un correoso virus que mi alma enferma,
una tenue llama que la lluvia no acierta a apagar.
*
Es el sonido de los latidos de mi corazón
que, al verte, palpita una olvidada melodía;
un desvarío constante en ausencia de la razón
que, al no poder tenerte, me carcome día a día.
*
Soñar que puedo acariciar tu rostro con mi mano,
sentir el calor de tu cuerpo próximo a abrazar...
Creer real el cielo que soñé haber alcanzado
sería el agrio sabor de la apatía al despertar.
*
Pues tu frívolo corazón no acierta a vislumbrar
la escasa virtud presente en las almas corrompidas
de quienes, por un atisbo de tu dulce amor probar,
prometen surcar el mar de las esperanzas perdidas.
*
Mas tras el frío abrigo que ante mí tu sombra proyecta,
inmerso en la esperanza que este sentimiento despierta,
sigo esperando a que halles este corazón perdido
que sueña con el día en que lo rescates del olvido.

Tentación

Ella es la tentación en forma humana. Ella es mi tentación personificada. Ella es mi más oscuro deseo; la atracción de mi yo oculto. Ella es la esencia de todo aquello que amo, de todo aquello que temo, de todo aquello que odio. Ella me hace sentir vivo, me hace sentir humano, me hace sentir vulnerable. Ella es la libidinosa fuente que sugiere que en ella sacie mi sed. Ella es la serpiente que me incita a comer el fruto prohibido del jardín del Edén.
Me resulta imposible permanecer indiferente a sus insinuaciones. Sus dulces caricias erizan suavemente mi piel hasta penetrar por cada poro en busca de mi corazón. Y éste, a mi pesar, la complace respondiendo ante ese ansiado cariño. Su profunda mirada me invita a escudriñar con la mía cada rincón de su ser. Sus ojos se pierden en los míos en busca de esa humanidad que durante años he mantenido enterrada a la espera que fuese borrada por el olvido. Su suave voz pronuncia leves susurros en mi oído que estremecen mi alma hasta sentirla arder dentro de mí. Quisiera lanzarme al abismo de su oscura mirada. Quisiera hundir mi rostro en la espesura de su cabello. Quisiera acariciar el suave contorno de su rostro con la aspereza del mío. Quisiera difuminar el nítido dibujo de sus finos labios con los míos. Quisiera sentir el calor de su cuerpo al encontrarse con el mío. Pero no puedo hacerlo. No debo. Demasiado complejo, demasiado arriesgado… No puedo permitírmelo.
Cada día a su lado es una salvaje lucha contra mí mismo. Cada hora que compartimos enciende la furia de una eterna disputa. Cada minuto con ella desata el rencor de esa intensa rivalidad. Cada segundo en que posa su tierna mirada en la mía me empuja a una disyuntiva entre la razón y el corazón. Sé que no puedo dejarme llevar por esos impulsos reprimidos. Sé que no debo dejarme arrastrar por la magia que ella crea en la oscuridad de la noche. Sé que no quiero abandonarme en un nuevo naufragio de sentimientos. Pero sé que quisiera soltar ese lastre que me impide disfrutar de todo aquello que ahora mi mirada tan sólo imagina. Sé que debería seguir su sutil guía para satisfacer esos deseos que apenas puedo contener. Sé que con ella podría alcanzar ese sentimiento que estremece mis entrañas con tan sólo oírlo nombrar.
Intento refugiarme en los motivos que impiden dejarme seducir por el arsenal de sensualidad que a diario despliega sobre mi vulnerable prudencia. Pero el paso de los días borra el recuerdo de esos argumentos y siento debilitarse la única defensa que mantengo en pie. Mi corazón me ha traicionado sucumbiendo a su cariño. Mi cuerpo languidece ante el ferviente deseo que ella le despierta. Sé que sólo es cuestión de tiempo… Pero aunque la esperanza me haya abandonado, me confío al orgullo en este último intento de hacer permanecer firme mi voluntad ante los intensos desvaríos de mi iluso corazón.

domingo, 17 de febrero de 2008

Entre ayer y mañana


(Basado en hechos reales)
Pretendía que fuese una noche fantástica, memorable. Y en cierto modo, no puedo negar que lo fue; sólo que no exactamente como yo esperaba.
Esa noche recibía visita. Un buen amigo se había dispuesto a recorrer los pertinentes quilómetros que separan su vida de la mía para poder pasar unas escasas veinticuatro horas a mi lado. Y yo, como es de imaginar, me disponía a recompensarle con algo que a los dos nos iba a venir muy bien: una noche de fiesta en la ciudad. De hecho, había una par de asuntos que merecían la mejor de las celebraciones y, aunque nunca he sido el mejor anfitrión para una fiesta, no iba a permitir que nos acechase el aburrimiento en ningún momento.
Con ese propósito, y a pesar de creer que nos bastaba con nuestra mutua compañía, invité a una chica que había conocido recientemente a acompañarnos en nuestra noche mágica. Afortunadamente, ella accedió.
Tras habernos aseado, vestido y peinado para la ocasión, Pablo y yo nos acercamos al punto de encuentro, ese bar en el que pasaba más horas que en mi propia casa y en dónde el barman me cuidaba cuál si fuese mi propia madre. Allí debíamos encontrarnos con ella. Allí empezaría nuestra gran noche.
Ansiaba que mi amigo la conociera. Sabía poco de ella, pero me parecía una persona interesante y, no pienso ser hipócrita ignorándolo, se adivinaba su belleza entre la informal ropa que acostumbraba a vestir. Sabía que a él le gustaría, y pretendía servirle de apoyo en caso que él quisiera intentar seducirla.
A la espera que ella llegase al bar, Pablo y yo nos acomodamos en dos sendos taburetes que nos acercaban a la barra mientras hablábamos animosamente. Hacía algunas semanas que no conseguíamos vernos y nos añorábamos mutuamente. Procuramos aprovechar ese momento a solas para contarnos los sucesos que nos habían acontecido recientemente. Siempre intentábamos, a pesar de vivir cada uno su vida por separado, hacernos mutuamente partícipes de las experiencias del otro. Del mismo modo, nos servíamos para confesarnos el uno al otro todo aquello que nos avergonzaría contar a cualquier otra persona. Me sentía aliviado, en paz, feliz. La cerveza en una mano, en la otra un cigarrillo y ante mí, un gran amigo. ¿Podría la noche presentarse mejor?
La puerta de entrada al bar se abrió. Ambos desviamos la mirada instintivamente y la vimos. Se me cortó la respiración. ¡Dios mío! Sabía que escondía un elevado atractivo pero nunca habría imaginado que pudiera ser tanto. Me quedé hipnotizado mirándola. La húmeda melena negra ondulada, su profunda mirada oscura, la fineza de su rostro, las sutiles ondulaciones de su menudo cuerpo…
- ¿Es ella? – Me preguntó Pablo.
- Sí. – Contesté con un hilo de voz sin poder apartar mi mirada de la puerta.
- Joder… - Acertó a insinuar mi amigo para dar a entender lo que ambos pensábamos.
Tardé unos segundos en percatarme de que su mirada registraba de un lado a otro el local en busca de un rostro conocido. Al darme cuenta, me levanté y le hice un gesto al que ella respondió con una dulce sonrisa. Se acercó lentamente permitiendo que todas las miradas del bar dispusieran del tiempo necesario para surcar cada centímetro de su cuerpo.
- Buenas noches. – Saludó.
- Estás estupenda. – Le contesté torpemente intentando ocultar mi rubor.
- Gracias. Vosotros también. - Dijo paseando su mirada descaradamente por todo mi cuerpo y, posteriormente el de Pablo. Detuvo su mirada en la de él.
- Él es Pablo. - Dije mirándola a ella. – Pablo, Mónica.
- Encantada.
- Un placer…
Se hizo un breve silencio. Todavía estábamos asimilando la fortuna de la que nos sentíamos dueños aquella noche.
- ¿Quieres tomar algo? – Acerté a preguntar.
- Por favor…
- ¿Que será?
- Vodka con Red Bull.
- Perfecto. ¡Pepe! – Mi querido barman estaba en el otro extremo de la barra y seguía intentando arreglar el mundo mediante una animada conversación con un cliente. Al oírme, vino enseguida.
- Dime.
- Un vodka con Red Bull para la señorita por favor. – Pedí.
- ¿Absolut? – Le preguntó directamente.
- Mejor Smirnoff. – Contestó ella.
En un minuto tenía servida su copa y, mediante una pajita bebió un pequeño trago. Pablo y yo, al unísono, respondimos echándole otro a nuestros respectivos botellines de cerveza.
Le pregunté qué tal le había ido el día; le conté cómo había sido el mío. Le expliqué quién era Pablo, por qué estaba aquella noche allí y qué celebrábamos. Enseguida se creó una buena complicidad entre los tres. Pedí otra cerveza para Pablo al acabarnos las que teníamos, Y pedí para mí el mismo combinado que bebía ella.
Mónica mantenía la postura esbelta, buscando estilizar aún más su bella figura. Podía percibirse que estaba acostumbrada a captar la atención de todos los presentes. Es más, juraría que le gustaba. Sus movimientos eran siempre lentos, bien estudiados, marcando cada uno con sutileza, en busca de la notable sensualidad que conseguía desprender. Exhibía un amplio abanico de profundas, penetrantes, provocativas miradas que parecía haber practicado durante horas ante un espejo. Era difícil mantener la compostura ante cualquiera de ellas. Acompañaba cada palabra de tímidas sonrisas juguetonas que parecían adornar sus historias. Sabía seducir; y era consciente de que podía hacerlo. Yo me percataba del efecto que surgía en mí; y me sentía impotente al intentar evitarlo. Apenas podía concentrarme en disimularlo.
Seguimos un rato conversando animosamente mientras íbamos vaciando progresivamente nuestras copas y, especialmente yo, nuestros paquetes de tabaco. Decidimos que al acabar la copa iríamos hacia una discoteca situada hacia las afueras de la ciudad que, previamente, Mónica sugirió.
Nos despedimos de Pepe y salimos a la calle. Llovía a cántaros. Entramos rápidamente en mi coche y nos dirigimos al lugar que debía ser el escenario de nuestra gran noche. En breves minutos, estacionaba el vehículo en el aparcamiento que se extendía ante la puerta. Corriendo desde el coche a la entrada de la discoteca, intentando evitar calarnos en esos escasos segundos, nos situamos ante los porteros de la misma. Mientras Pablo y yo nos acercábamos a la taquilla para pagar la entrada, Mónica entraba airosa tras saludar a uno de ellos.
El ambiente dentro era agradable. Había la suficiente gente para crear la sensación de que era una sala de moda, pero no había el exceso que a menudo convierte en una odisea el desplazamiento de la barra a los servicios. Nos paramos en la entrada de la sala principal, al lado de la barra central, en un signo dubitativo en busca de un rincón donde pedir una copa y en donde poder crear nuestro espacio cómodamente. Me pareció más conveniente cruzar toda la sala para acercarnos a la barra ubicada en el fondo, que intentar pedir en la barra de la entrada, altamente concurrida. Ambos hicieron caso a mi propuesta, así que cruzamos la sala y nos ubicamos cómodamente en la otra barra que, tal como sospechaba, disfrutaba de más espacio y menos clientela.
Miré a la camarera en busca de su atención para pedir las primeras copas. ¡Dios mío! ¡Aquello no era un top! Apenas eran dos escuetas tiras de ropa que se desprendían de su nuca para, deslizándose por sus hombros, cubrir superficialmente sus pechos para acabar uniéndose a la altura de la cintura. Miré a mi alrededor y pude percatarme que, aunque el caso de la camarera se salía de cualquier tónica, la discoteca parecía un surtido de chicas sacadas de una revista para hombres. No me sorprendió que a Mónica le gustase esa discoteca en concreto. Imaginé que debía ser una de las pocas en las que podría pasar relativamente desapercibida.
Teniendo cada uno su copa en su mano, Pablo y yo nos acomodamos en la barra mientras Mónica empezaba a soltar su cuerpo tímidamente al ritmo de la música. Me sentí relajado. Mirándola bailar pensé que si no podía evitar bailar con ella, acción que procuro evitar tanto como puedo, no porque piense que lo hago fatal, sino porque siempre me ha costado dejarme llevar, no me sentiría especialmente torpe. No se movía mal, al contrario, era muy cuidadosa con el ritmo, pero no parecía ser demasiado entusiasta bailando, hecho que me suele ayudar a atreverme a acompañar a una mujer en su baile. Ella observó nuestra posición estática en la barra y al momento nos hizo un sutil gesto para que incorporáramos nuestro cuerpo y siguiéramos su ejemplo.
- No acostumbramos a bailar mucho. – Le informé corriendo el riesgo de caer y arrastrar a Pablo al estereotipo de chico soso y aburrido y de que ella pensara que estaba desperdiciando la noche con dos muermos como nosotros.
- Hombre, a mi me cuesta un poco arrancar, pero poco a poco me voy animando y me voy soltando. Aunque para eso hay que empezar…
Me sentí acorralado. Hubiese sido demasiado desconsiderado rechazarla de nuevo, así que desclavé mis pies de la base de la barra y, bajo la pícara mirada de Pablo, me acerqué a ella. La verdad es que no me apetecía nada bailar, y deduje que a mi cuerpo tampoco pues costaba horrores sacarle un par de movimientos coordinados por tímidos que fuesen. Así que opté por mover un poquito la cabeza, algo los hombros y, cuando me atrevía, el pie que no me sirviese en ese momento de apoyo. Ella sonreía, yo sufría. Notaba como ella se iba sintiendo cada vez más cómoda. Su baile era cada minuto que pasaba más fluido y más atrevido. Flexionaba totalmente las piernas dejando caer su cuerpo a la altura de mi cintura, se ladeaba el pelo con una de las manos a uno y otro lado, su mirada se iba convirtiendo en más y más provocativa cada vez que me miraba… Yo empezaba a ruborizarme... Busqué ayuda en la mirada de Pablo. Al fin y al cabo, debería ser él quién bailase así con ella, no yo. Debería ser él quien disfrutase de esa exhibición de sensualidad que ella sembraba a mi alrededor. Pablo me miraba divertido esforzándose por no burlarse de mí. Ante la súplica de ayuda y el imperativo de unirse a nosotros que le transmití con mi mirada, Pablo respondió con un gesto de impotencia; dándome a entender que él no podía hacer nada, que era asunto mío, que su presencia entre nosotros en ese momento estaría de más.
En ese momento empecé a plantearme qué era exactamente lo que yo quería de Mónica. Hasta el momento había procurado que ella centrase su atención en Pablo y, a pesar de que ya había empezado a sospechar que él no era exactamente lo que ella andaba buscando, en ningún momento pensé que pudiera ser yo. En esos comprometidos instantes empezaba a asomarse esa idea a mi cabeza. Esa forma de mirarme, de sonreírme, de tocarme, de bailar conmigo… No, no podía ser. Recordé que aquello era una discoteca, que a la mayoría de chicas les encanta bailar y más aún coquetear bailando. Pensé que tan sólo era parte de esa sensualidad que había estado repartiendo durante toda la noche a cada paso que daba.
Volví mi mirada hacia donde suponía que debía permanecer Pablo, apoyado en la barra, probablemente intentando disimular la risa que debía provocarle mi situación. No estaba allí. Le busqué a mi alrededor, suponiendo que no habría ido muy lejos sin haberme avisado… ¡Y Ahí estaba! Hablando con una chica.
Hice un gesto a mi bella acompañante para que mirase hacia lo que observaban mis malpensados ojos. Ella sonrió. Yo busqué un mayor ángulo de visión para poder ver bien la belleza de aquella mujer por la que Pablo parecía mostrar especial interés. Me daba la espalda y no podía distinguirla bien. “¡Joder! ¡Mierda! ¡Joder! ¡No puede ser!” Pensé. “¡No, no, no, no, noooo…! ¡Esto no puede estar pasando!” Me repetía. Si hasta ese momento la noche me había parecido un tanto difícil de mantener controlada, especialmente mis impulsos, a partir de ese instante, iba a necesitar toda mi sensatez, todo mi raciocinio y toda mi templanza para poder mantener bajo control cualquier atisbo de impulso, emoción o sentimiento.
- ¿Estás bien? – Mónica me miraba con una expresión de ligera preocupación en su rostro. Entendí que le había sorprendido la gélida expresión incrédula que se había dibujado en el mío y al instante intenté relajarlo. No logré sonreír.
- No. Quiero decir… sí. Estoy bien. – Dije torpemente.
- No lo parece. ¿Quién es? – Añadió señalándola con la mirada.
- Es Vero. Una amiga. – Respondí torpemente aún con el gesto desencajado. Mónica mantenía su mirada fija en mí a la espera de una explicación. Resultaba sencillo deducir que no se trataba de una simple amistad, y pensé que era inútil intentar fingir que no ocurría nada. Se lo conté brevemente.
- En su día fuimos muy amigos. Con el tiempo, yo me acabé enamorando perdidamente de ella, pero ella nunca llegó a corresponderme como yo deseaba. Me resultaba imposible mantener la amistad que teníamos conviviendo a la vez con los sentimientos más fuertes que jamás había experimentado así que, al darme cuenta que ella nunca sentiría lo mismo por mí, sentí la necesidad de alejarme. Así que nos distanciamos un tiempo aunque, más adelante, tras añorarnos mucho el uno al otro, fuimos reestableciendo poco a poco esa amistad. De todos modos, aunque ahora tenemos una buena relación, nunca ha vuelto a ser como antes.
- Entiendo. – Se limitó a decir desviando su mirada hacia Vero.
- En cualquier caso de todo eso ya hace mucho tiempo, y yo ya lo tengo superado. Está cerrado, forma parte del pasado. – Intenté maquillar la historia para que no se sintiese incómoda. Ella me miraba en silencio sabiendo que eso no era exactamente así. – Aunque supongo que cuando te enamoras verdaderamente de alguien siempre queda algo y reconozco que me resulta difícil estar a su lado y no sentir nada.
Ella volvió la mirada a su copa, y evitando encontrarse con la mía, bebió un sorbo. “¡Qué estúpido! ¿Cómo se me había ocurrido contárselo? ¿En que estaba pensando?” Pensé odiándome a mí mismo. Lógicamente, aquella historia y, la inesperada presencia de Vero, iban a incomodarla bastante. Tenía que enmendarlo. Intenté buscar algunas palabras que pudieran hacerla sentir más cómoda; que le diesen a entender que aquella noche yo quería pasarla con ella y que me daba igual quién pudiese aparecer. Pero no tuve tiempo…
- ¡¡¡Hola!!!
Me giré al instante. Vero se acercaba a mí con una amplia sonrisa, con los brazos extendidos esperando que yo la recibiese con un abrazo, como siempre hacía. Había pasado mucho tiempo y muchas cosas pero precisamente el cariño era algo que nunca habíamos perdido el uno hacia el otro.
- ¡Hola guapísima!
Y la abracé. Siempre me había encantado abrazarla. Pocas personas me abrazaban con ese calor, esa cercanía, esa profundidad que ella imprimía en sus abrazos. Cerré los ojos y la abracé con fuerza, estrechándola contra mi pecho, oliendo su perfume… como siempre había hecho, como tanto echaba de menos…
- ¿Qué haces tú por aquí? – Me preguntó.
Empezamos a hablar sobre los hechos intrascendentes que colmaban nuestra vida cotidiana. Ella estaba exultante, irradiaba felicidad, como al principio de conocernos. Parecía haber olvidado las circunstancias que los últimos meses habían ido apagando su rostro. Estaba preciosa. Sonreía y reía continuamente. Me miraba con dulzura. Situaba su cuerpo muy cercano al mío y no dudaba en cogerme por el brazo, recostarse en mi pecho, acariciarme dulcemente la mejilla... Parecía que los años no hubiesen pasado. Su comportamiento era el mismo que yo recordaba al rememorar nuestros mejores momentos; desplazando la sutil frialdad que posteriormente fue acompañando nuestros encuentros. Yo procuraba disimular la inesperada, inoportuna, pero a la vez agradable sorpresa que me había producido encontrarla allí. Tenía comprobado que cuando la veía, habiéndome tomado previamente mi tiempo para mentalizarme en no sentir nada, ya no me pasaba una semana entera soñando con ella, como me sucedía al principio. Además, el hecho que ella últimamente no se mostrase con la vitalidad que siempre la había caracterizado, y que a mi tanto me había enamorado, lo facilitaba. Mis problemas surgían en forma de vulnerabilidad cuando la encontraba de improviso o, como estaba sucediendo esa noche, además de sorprenderme, ella volvía a mostrar la mejor versión de sí misma, la que yo procuraba evitar recordar. Y esa noche era la Vero auténtica, la Vero de quién yo me enamoré. Me sentí arrastrado a un retroceso en el tiempo para sentirme nuevamente atraído por ella como años atrás. Por unos breves instantes me olvidé de Mónica, de Pablo, de la camarera, de la demás gente, de la discoteca… Por unos instantes en mi mundo sólo existimos Vero y yo. Nos abrazábamos más que hablábamos, y nos confesábamos el profundo cariño que nos teníamos a pesar de no quererlo expresar siempre. Nos disculpábamos por las posibles ofensas que nos pudiésemos haber infligido mutuamente, unas involuntariamente, otras con intención. Parecía que el alcohol que ambos habíamos ingerido ya, había borrado todos los episodios oscuros de nuestra historia y había vuelto a centrarnos simplemente en nosotros mismos, transparentes el uno al otro, sin nada que esconder, con el deseo de compartir. Era un momento maravilloso, fantástico, incomparable…
“¡No! ¡Esto no es bueno! ¡Demasiado peligroso!”. En un momento de lucidez me percaté de lo que me estaba sucediendo. No podía seguir por ese camino; había sufrido mucho, y era un episodio de mi vida que no quería repetir. Busqué evadirme, huir de la atención que Vero absorbía. Miré a mi alrededor en busca de Pablo o Mónica con la esperanza que uno de los dos me rescatase del borde de ese abismo. Pablo no estaba, había vuelto a desaparecer. Mónica bailaba sola, absorta, dejándose llevar por la música e ignorando todo lo que la rodeaba. Vero observó que yo había vuelto a centrar mi atención sobre ella.
- Voy al baño. – Me dijo. – Ahora vuelvo.
- Aquí estaremos. – Le respondí con una calurosa sonrisa.
Me dirigí lentamente a Mónica, recreando mi mirada en los provocativos movimientos en los que basaba su baile en esos instantes. Pensé que esa noche mi lugar estaba a su lado, olvidando la presencia de Vero. Vero era la alargada sombra de mi pasado que, una vez más, perturbaba mi corazón como si de una horrible pesadilla se tratase. Mónica se adivinaba como una posible ventana de escapatoria hacia el futuro; algo nuevo, algo diferente, otra oportunidad.
Sonrió al ver como me acercaba de nuevo a ella y, tras un par de movimientos realmente incitantes clavando una sugestiva mirada sobre la mía, moderó su baile invitándome a que me acercase a ella.
- Perdona que haya estado tanto tiempo…
- Vaya miraditas… - Me interrumpió. Y me sentí incómodo, culpable. No pretendía que ella se percatase de la dulce mirada que, a pesar de haber intentado evitar y disimular, dirigía a Vero.
- Sí, bueno... – Intenté excusarme torpemente. Mónica me miraba divertida. – Es que a veces me cuesta evitarlo… No sé, quieras que no, para mí siempre será alguien especial…
- Me refería a las miradas que te lanzaba ella. – Interrumpió nuevamente con una sonrisa pícara.
- ¿Cómo? – Inquirí desorientado.
- ¿No me dirás que no te has dado cuenta? – Preguntó. Yo le dirigí una mirada incrédula. – Se te estaba comiendo con los ojos… – Añadió con un tono sensual.
- No creo. – Contesté yo incómodo, aunque con una tímida sonrisa dibujada en los labios. Me agradaba pensar que pudiera ser así, que, por una vez en los años que hacía que la conocía, fuese ella la que se sintiese atraída por mí. – Vero es muy cariñosa y siempre se muestra muy afectiva con sus amigos…
- Yo sólo te digo lo que he visto. – Me volvió a interrumpir. – Y créeme, las mujeres estas cosas las vemos con mucha más claridad que vosotros. – Añadió con una sonrisa que quería parecer malévola.
Continué mirándola con incredulidad. Ella sonreía. No parecía sentirse molesta por la presencia de Vero, ni por el flirteo que acababa de presenciar entre nosotros. Me pareció extraño. No es que esperase un arranque de celos o algo similar por su parte, pero sí pensé que desconfiaría de Vero. Empezaba a creer que yo le interesaba y que deseaba que yo estuviese a su lado esa noche. Pero, de ser así, lo más lógico sería que la presencia de Vero la incomodase. Me pregunté si era posible que ella se sintiese tan segura de sí misma como para no temer la intromisión de otra mujer, una de la cual yo hubiese estado enamorado. Aunque, por otro lado, me pareció más probable creer que no temía nada por el simple hecho de que ella no estaba realmente interesada en mí como yo pensaba; como yo deseaba. Me sentía confundido y me asaltaron las dudas. Empecé a intentar recordar todos los gestos, palabras, insinuaciones… de esa noche que pudieran resultar significativos, en busca de una respuesta.
Me acerqué de nuevo a la barra. Prácticamente no me había dado cuenta de que el combinado se había evaporado en mi vaso. Pedí otro. Necesitaba refrescarme; esa noche estaba ofreciendo mucho más de lo que yo había esperado de ella y me sentía aturdido. De repente encontré a Pablo a mi lado.
- Pídeme otro para mí.
- Tío, ¿dónde te habías metido? – Le repliqué
- He aprovechado que estabas saludando a Vero para ir al baño y al volver me he cruzado con ella. Por eso he tardado un poco más… ¿Va todo bien?
- Hombre… - Miré a mi alrededor para asegurarme que ni Mónica ni Vero estuvieran cerca. Parecía que Vero aún no había vuelto de los servicios y Mónica ignoraba a un inesperado pretendiente con mucha naturalidad. - Teniendo en cuenta que tengo a un lado a una morenaza que está que se sale y que además parece haberse fijado en mí; y que por el otro tengo una rubia a la que no puedo ni ver sin que se me caigan los huevos al suelo… ¡tú dirás! – Repliqué nervioso. Pablo arrancó en una sonora carcajada. Inevitablemente yo dibujé una sonrisa vergonzosa.
- ¡No te jodas tío! ¡Lo estoy pasando fatal! – Le recriminaba mientras sufría por no arrancar yo también a reír. – Mónica se me está insinuando de un modo, que sufro para que no se me dispare la temperatura del cuerpo, y Vero… bueno, Vero es Vero, ya lo sabes. – Él asintió mientras se esforzaba por no volver a reír. – Y encima hoy está conmigo como era al conocernos… Está cariñosa, está dulce, sensual… ¡Como cuando me enamoré! ¡Me estaba volviendo loco! Y cuando por fin consigo salir de una especie de telaraña de emociones en las que me había atrapado, me viene la otra con sus miraditas, sus sonrisitas, moviendo la caderita para aquí y para allá… ¡Uf! ¡Esta noche tendré que dormir envuelto en cubitos de hielo para quitarme este sofocón!
- ¿Pero de que te quejas, tío? – Dijo Pablo tras recuperar el aliento que había perdido en un nuevo ataque de risa. – ¡Cualquier hombre desearía estar en tu situación, con dos mujeres peleándose por ti!
- Yo no he dicho que se estén peleando por mí; más bien creo que se han aliado para volverme loco.
- ¡Venga! ¡No seas paranoico! ¡Y disfruta el momento! – hizo una breve pausa para observar mi reacción. Yo me mantenía pensativo, inmóvil, no me parecía tan sencillo. – Y cuando hayas decidido con cuál te quedas, avísame que voy yo a por la otra. – Bromeó
- ¡Serás cabrón! – Exclamé yo con la sonrisa que despertó su vulgar comentario. – Yo lo tengo claro, - dije al serenarme - con Vero no quiero nada; bastantes cosas han pasado ya, y bastante me ha costado superarlo. Y Mónica tengo que reconocer que me está causando impresión…
- Pues ya está; ves a lo tuyo, haz lo que te apetece y olvídate de lo demás. Por lo que he visto ella no te va a decir que no... – Me aconsejó.
- No sé, yo no lo tengo tan claro. – Contesté yo dubitativo mientras bebía un buen trago de mi vaso.
- ¡Vamos! – Exclamó él. – He visto cómo te mira, como te sonríe, te toca, te baila… ¡Joder, si está cantado! ¡Como esta noche duermas solo, mañana te pegaré una patada en el culo de las que escuecen! ¡Por tonto! – Me incitó riendo. Yo no pude evitar sonreír de nuevo.
- No sé, ya veremos. – Insistí dubitativo.
Respiré profundamente y di la espalda a la barra. Vero y Mónica estaban conversando animosamente. Me sorprendió; y me alegró.
- Veo que no es necesario que os presente. – Dije acercándome a ellas.
- No, ya lo hemos hecho nosotras. – Me contestó Vero. – De hecho, si tenemos que esperar a que lo hagas tú…
Con el tiempo había conseguido ganarme una mala reputación al respecto. Según daban a entender varios amigos míos, tenía la mala costumbre de olvidar presentar siempre a mis acompañantes. Debo reconocer que no es una crítica infundada.
- Sí sí, ya lo sé. – La interrumpí.
- ¡Oh! ¡Esta canción me encanta! – Exclamó de repente Vero al oír el inicio de la nueva melodía que sonaba en la discoteca, a la vez que empezaba a bailar. Me miró fijamente sin dejar de bailar y me extendió su mano. – Venga... – Me sugirió.
- No no no no no… - Intenté evitar. Sabía que era un peligro para mí bailar con Vero. Ella siempre había conseguido lo que casi ninguna otra mujer había logrado hasta el momento, que me dejase llevar bailando. No quería hacerlo. No quería bailar con ella. Me gustaba demasiado, y sabía que disfrutaría más de lo que, como amigo, debería.
No tuve elección, me agarró del brazo, se me acercó, me rodeó con los suyos y obligó a mi cuerpo a seguir el suyo. Me vi sin ninguna alternativa, acorralado y, ante esa irremediable situación, me dejé llevar para intentarlo disfrutar. Fue fantástico. No me costó nada seguirla a pesar de que ella se movía mucho mejor que yo. La aprisionaba a mí, la soltaba, la volteaba… Había complicidad, como siempre la había habido. Perdía mi mirada en la suya, mi sonrisa respondía a la suya, nuestras voces se unían en una al reproducir la melodía… Mis manos se perdían recorriendo su cuerpo y las suyas recorriendo el mío. Nos fundíamos en los abrazos que nos regalábamos encajando nuestros cuerpos para convertirlos en un único movimiento... Sentí acariciar el cielo, y volví a perderme. La música, Vero, yo y nada más.
La canción terminó y al instante me separé de ella. Debía volver a la tierra. No podía dejarme llevar por los sentimientos que ella me estaba desenterrando. No quería volver a pasar por lo mismo.
Ella me miraba complacida, dibujando una amplia sonrisa repleta de orgullo.
- ¿Ves como aún te sabes mover? – Me dijo. – ¿Ves como todavía sabes soltarte?
- No siempre. – Respondí. Ella borró su sonrisa paulatinamente, clavó en mis ojos una mirada intensa y arrancó unas palabras de mi boca que previamente intenté tragar sin fortuna. – Ya sabes que sólo bailo así contigo, que sólo tú me haces bailar así; que nunca he conseguido disfrutar bailando con alguien como disfruto bailando contigo. – Ella transformó su rostro en una profunda mirada llena de cariño y me abrazó como sólo ella sabe abrazarme.
- ¿Sabes que te quiero muchísimo, verdad? – Me dijo al oído mientras aún me abrazaba.
- Lo sé. – Contesté en el suyo mientras cerraba los ojos para poder sentir todo su calor. – Yo te quiero más de lo que quisiera... – Le susurré.
- A pesar de que a veces no conteste a tus llamadas, de que tardemos mucho en vernos, de que parezca que nunca me acuerdo de ti… te quiero muchísimo. – Añadió.
- No importa lo que hagas o dejes de hacer, yo te seguiré queriendo. En todo este tiempo han pasado infinidad de cosas, y jamás he dejado de quererte. Aunque no volviera a verte nunca más, jamás se borraría el cariño que te tengo. – Ella me abrazó aún con más fuerza, y yo a ella. Me besó dulcemente en la base del cuello. Me estremecí y sentí derretirse mi corazón dentro de mi pecho. La besé tiernamente en su frente. Noté humedecerse los ojos bajo mis párpados.
Una mano se posó en mi hombro. Solté a Vero y ella a mí, me giré y vi a Pablo ofreciéndome la bebida que previamente le había pedido que me sujetara para poder bailar. Me miró fijamente mientras mis párpados trabajaban frenéticamente para disimular las lágrimas que amenazaban deslizarse por mis mejillas. Entendí perfectamente lo que esa mirada expresaba: “¡Tío, no la cagues!” En ese momento me percaté de todo lo que acababa de decir e incliné humildemente la cabeza. Estaba avergonzado y nervioso. “¡Joder!”, pensé. Había hablado demasiado otra vez. Necesitaba un descanso. Bebí un largo trago a mi combinado dejando en el interior del vaso tan sólo el hielo.
- Voy al baño. – Anuncié.
Me encendí un cigarrillo y empecé a caminar entre la gente en busca de un poco de aire. Me sentía turbado. Me asaltaban un cúmulo de sensaciones, emociones, sentimientos… que me resultaba imposible contener. Me sentía tenso, necesitaba relajarme. Iba dando largas caladas a mi pitillo para forzar una respiración más profunda.
Al salir del baño me dirigí de nuevo a la barra. No podía dejar de beber; ni de fumar. Seguía nervioso y tenso. Se me acercó la camarera y le pedí otra copa. Ya ni siquiera me fijé en el escueto trapito que pretendía cubrirle el torso.
- ¿Estás bien? – Me preguntó Pablo acercándose a mi espalda.
- Me parece que estoy un poquito gilipollas. – Contesté.
- Sí, bueno, eso ya se ve. ¿Pero te encuentras bien? – Preguntó de nuevo.
- Bien borracho. – Contesté. Y ambos reímos. Eché un vistazo a mi alrededor. - ¿Dónde está Mónica? – Le pregunté.
- Hace rato que está bailando en el podio.
- ¿Sola?
- Eso parece. – Contestó señalándome su paradero.
- Joder, como siga bailando así ya me veo haciendo un cordón de seguridad a su alrededor. ¡Vaya forma de moverse!
- ¡Ya ves! Me parece que nos va a tocar quitarle un montón de moscones de encima. – Me alertó Pablo.
- No creo. – Dije riendo al ver como ella rechazaba vehementemente la invitación de uno de los chicos que la observaban a pie del podio que ocupaba.
- Al menos se sabe cuidar sola. – Admiró Pablo.
- Parece que sí, pero de todos modos acerquémonos un poco, que vea que estamos allí con ella; aunque no subamos al podio. No me gustaría que pensara que desde que está Vero paso de ella. – Argumenté.
- Pues la verdad es que te convendría, porque me parece que ella ya se ha cansado de hacerte el juego mientras tú pierdes el culo por Vero. – Me avisó. – ¡Que ya te vale!
- Lo sé, lo sé, lo sé. – Reconocí yo, y pensé unos segundos en silencio. – Vamos a ver cómo lo arreglo…
Nos dirigimos hacia el podio que Mónica gobernaba sin oposición alguna. Sonrió al vernos y con una sensual mirada nos dedicó un par de movimientos más que provocativos. Yo la sonreí en un intento de disimular mi rubor.
Vero nos siguió. Yo la miré, y acto seguido miré a Pablo en busca de una nueva mirada de complicidad. La suya me estaba esperando y captó a la perfección la petición de la mía. Pronunció unas breves palabras al oído de Vero y ella accedió a acompañarle a la barra. Yo, en silencio, se lo agradecí. Me giré de nuevo hacia el podio y me acerqué a Mónica. Le hice un gesto desde abajo y ella se agachó para prestarme su atención.
- ¿Estás bien? – Le pregunté.
- Perfectamente. He aprovechado para desmadrarme un poquito aquí arriba. – Dijo con un divertido gesto.
- Si, eso ya lo veo. Casi consigues provocarnos un infarto a Pablo y a mí. – Bromeé con picardía. Ella rió.
- ¡No seas exagerado! – Yo respondí con un gesto premeditadamente dubitativo. Ella volvió a reír.
- Esto... – dudé – me preguntaba si serías tan amable de descender del podio para permitirme el placer de bailar contigo. – Dije alargando mi mano. Ella rió de nuevo ante la formalidad de mi propuesta.
- Por supuesto. – Respondió ella con un gesto elegante. – Pero tendrás que subir aquí conmigo.
Soy incapaz de definir el gesto de pavor que conseguí reflejar en mi rostro ante esa idea, aunque debió ser tremendamente expresivo pues, Mónica, después de reírse ampliamente de ese gesto desencajado, descendió.
- Tú ganas. – Me dijo.
- ¡Menos mal! – Respondí yo con una expresión de alivio acompañando mis palabras.
No sé exactamente si fue el hecho de que el tipo de música que sonaba en ese momento no era el más adecuado para mi limitada capacidad de baile, o bien la posibilidad que hubiese sobrevalorado mi capacidad como bailarín después del baile con Vero y, al mismo tiempo, hubiese infravalorado la capacidad de Mónica en ese mismo terreno; o bien la suma de todo ello. En cualquier caso, no tardé en percatarme que en apenas unos escasos segundos me sentía totalmente perdido. Era incapaz de seguirla; ni siquiera acompañarla discretamente en su baile. ¡Dios mío! ¡Moverse así debía ser pecado! Yo me quedé prácticamente estático, intentando disimular la impresión de la que estaba siendo víctima con apenas unos sencillos movimientos inexpresivos. Ella sonreía, no dejaba de sonreír. Sólo borraba su sonrisa en algún momento en que sus desconsiderados movimientos arrastraban su piel sobre la mía y, para dar más efecto a su inconmensurable poder de seducción, transformaba su rostro en la expresión más sensual que había visto en mi vida. La forma de mirarme, el movimiento de sus labios al susurrarme la melodía de la canción, la fineza del contorno de su rostro al mostrarme cada uno de sus ángulos, la suavidad de sus mejillas al deslizarse dulcemente por las mías…
Cuando pude percatarme, mis pies estaban clavados en el suelo y mis ojos perseguían cada uno de sus movimientos como si pretendieran atraparlos. Ella se me acercó de nuevo hasta contactar su torso con el mío sin dejar de moverse. La miré fijamente a los ojos, y ella a los míos. Fue suavizando su baile sin apartar su mirada de la mía hasta detenerse. ¡Adoraba esos ojos! ¡Resultaba impensable apartar la mirada de ellos! Deseaba perderme en ellos como en un laberinto, sin voluntad de encontrar la salida. Sentía arder su mirada en la mía y notaba como me iba derritiendo desde la cabeza hasta los pies. La veía cada vez más cerca, y cuanto más cerca, más absorbido me veía yo por ella. Me sentí perdido, atrapado. No podía moverme. Tan cerca se encontraba su rostro del mío que ya no podía distinguir con nitidez el dibujo de sus pupilas. Descendí lentamente mi mirada para ver como la proximidad de sus labios a los míos encendía una ardiente pasión en mi boca, impaciente a la evidencia de ese beso. A un suspiro de los míos, sus finos labios, permanecían a la espera que yo recogiese ese regalo que me habían reservado. Me sentía paralizado. Volví a mirarla a los ojos, aún más difuminados. Ella alternaba el objetivo de su mirada entre la mía y mis labios; parecía rogarme que lo hiciese ya, que no dudase más; parecía explicarme que no era un sueño, que era real, que ella me deseaba del mismo modo que yo a ella. En el tímido y lento movimiento de acabar de acercar mi rostro al suyo pude ver como ella cerraba dulcemente sus ojos y entreabría levemente sus labios invitando así a los míos. Cerré mis ojos también, sin dejar de acercarme a ella, a la espera de encontrarme con ese preciado presente.
Un grito de júbilo familiar me hizo descender del cielo al que Mónica me había transportado. Me giré bruscamente pensando que acababa de desperdiciar la mejor oportunidad que iba a tener con Mónica. Me lo había ofrecido en bandeja de plata. Y yo, arrastrado por mis dudas y mi inseguridad, eclipsado por la impresión y la estupefacción que me había causado, lo había permitido evaporarse. Me fascinaba mi propia estupidez.
Vero se había plantado de un salto a nuestro lado. No pareció percatarse del momento mágico que acababa de interrumpir. Se hacía evidente el efecto de los combinados que había ido tomando a lo largo de la noche. Toda ella era euforia. Pablo venía tras ella fijando en mí una mirada de orgullo y una sonrisa de satisfacción. En cuanto le miré, supo que su mirada y su sonrisa no tenían razón de ser, y cambió su gesto por una expresión a caballo entre la incredulidad y el asombro.
- ¿Ahora volverás a bailar un ratito conmigo? – Me preguntó Vero.
- ¿Perdona? – Inquirí yo aún absorto en mis pensamientos.
- Digo que ahora que parece que habéis parado de bailar, puedo robarte un ratito para mí, ¿no? – Insistió con un gesto infantil.
- Perdona, tengo que ir al baño. – Contesté bruscamente. Ella pareció sorprendida. – ¿Me aguantas la copa?
- Claro... – Dijo dubitativa mostrando un asombro lleno de incredulidad.
- Espera, te acompaño. – Añadió Pablo. – ¿Qué demonios ha pasado? – Me preguntó cuando ya nos habíamos distanciado de ellas. – Me pareció ver como os besabais…
- ¡Pues justamente íbamos a hacerlo cuando ha aparecido Vero! – Contesté yo ligeramente airado.
- Pero tío, ¿cómo no lo habías hecho ya antes si hacía varios minutos que no pasaba ni una pizca de aire entre los dos? – Me recriminó.
- ¡No sé, tío, no sé! – Alcé la voz mostrando una actitud molesta. – Ha sido todo muy raro. Hacía mucho tiempo que no me sentía así y… No sé, ha sido todo tan, tan… No sé como explicarlo…
- Vaya, vaya… ¿Significa eso que te estás enamorando? – Me preguntó con una sonrisa burlona acechando la comisura de sus labios.
- ¡No digas tonterías! – Le contesté fríamente.
- Vamos ¡No me seas frívolo! – Increpó – Mónica te gusta de verdad. ¡No te atrevas a negármelo!
- Hombre… yo no diría tanto. – Contesté intentando calmarme. – Es cierto que ha conseguido ruborizarme, hacer que me ponga nervioso…
- ¡Lo sabía!
- ¡Eh! ¡Que yo no he reconocido nada! – Me apresuré a aclarar.
- Venga tío, nos conocemos desde hace una infinidad de años y sé muy bien lo que cada palabra que pronuncias quiere decir.
- Cree lo que quieras. – Contesté ásperamente. Pablo soltó una carcajada llena de satisfacción mientras yo entraba en uno de los retretes.
Cuando salimos de los servicios la música había dejado de sonar y las numerosas luces que encontramos encendidas nos cegaban los ojos, más amantes de la oscuridad previa. La noche llegaba a su fin. Hasta ese punto había dado de sí. Y, aunque por un lado me parecía haber vivido una noche fantástica y muy intensa, por otro tenía la sensación de que había sido insuficiente. Me sentía agotado y al mismo tiempo insatisfecho.
Vero y Mónica nos estaban esperando con nuestros combinados en el lugar exacto en dónde las habíamos dejado. Bajo las luces de los focos sus rostros mostraban una expresión más cansada.
- Acabaros los cubatas o pedid un vaso de plástico. – Nos sugirió Vero cuando llegamos a su altura. – Nos están echando. – Dijo señalando con la mirada a un portero que invitaba a los últimos clientes a abandonar el local.
Ambos dimos un último par de sendos tragos a nuestros respectivos combinados y dejamos lo que quedó en la barra más cercana. Ya habíamos bebido suficiente, sobretodo yo.
Afortunadamente había parado de llover, lo cual agradecí. No me apetecía tener que correr hasta el coche para evitar calarme. Me sentía ligeramente decaído, triste. No quería irme a dormir aún. Estaba cansado, pero no quería llegar a casa con esa sensación amarga que me estaba invadiendo.
- ¿Os apetece ir a hacer la última copa a mi casa? – Me arriesgué a preguntar.
- Hombre, no sé... – Respondió Vero. – Si te pido que me lleves ahora a casa sé que no tendrás ningún reparo, pero si te digo que me lleves cuando estemos todos acomodados en el sofá de la tuya, temo que te resulte un esfuerzo mayor.
Miré a Mónica en busca de su opinión. Ella hizo un gesto que pretendía hacer suyo el comentario de Vero.
- A malas, mis compañeros de piso no están, así que tengo sitio para todos... – Seguí arriesgándome.
- ¿No les importará? – Preguntó Vero.
- No creo. – Respondí apresuradamente. – Aunque de todos modos no tienen porqué enterarse... – Añadí con una mirada pícara. Ambas sonrieron. Pablo me miraba en silencio, cómo si intentase leer cada uno de mis pensamientos. Se hizo un incómodo silencio. – Venga, ¿qué decís? – Insistí. Vero se encogió de hombros dando a entender su conformidad. Mónica parecía dudar. Miré a Pablo con complicidad y de nuevo a Mónica. – Nos portaremos bien, te lo prometo. – Dije en un gesto de súplica. Ella se echó a reír y tras ella también nosotros.
- De acuerdo. – Acabó consintiendo tímidamente con una sonrisa inocente.
- Estupendo. – Celebré. - ¡Vamos!
Nos metimos todos en mi coche. Yo, desoyendo el consejo de Pablo, que se ofreció a conducir, ocupé el asiento del conductor, no sin antes jurarle que mi estado era suficientemente adecuado y que mi velocidad sería la prudente. Me encantaba conducir por la ciudad de noche. Me resultaba relajante guiar mi coche por una avenida principal por la que sólo circulase mi vehículo.
En breves minutos entrábamos por la puerta de mi casa. Invité a todos a acomodarse en los sofás de la sala de estar al tiempo que les ofrecía una cerveza. Todos accedieron a una.
- Es bonito el piso. – Halagó Vero al tiempo que se sentaba en uno de los sofás.
- Gracias. – Contesté yo. – ¿No lo habías visto? – Ella contestó con una mirada dándome a entender que obviamente nunca la había invitado. Yo incliné humildemente la cabeza con gesto arrepentido. Miré a Pablo, quién parecía hundido entre los cojines del sofá. – Ha sido una noche guapa, ¿eh?
- Ya ves... – Contestó con verdadero esfuerzo. – Estoy reventado. – Reconoció.
- Ya se nota. – Le recriminé con una sonrisa.
- Yo también estoy muerta. – Reconoció Mónica con un gesto cansado al tiempo que se quitaba las botas con la voluntad de dar un descanso a sus pies.
- ¿Pero te lo has pasado bien? – Le pregunté con una mirada de complicidad.
- Muchísimo. – Respondió con una leve sonrisa cansina.
- Me alegro. – Añadí correspondiendo a su dulce gesto.
Con el paso de los minutos la postura sentada en el sofá fue derivando a una postura más propia en una hamaca. Vero y Mónica parecían quedarse adormecidas; y Pablo yo nos esforzábamos en acabarnos nuestras respectivas cervezas y las de ellas, que no parecían poder terminar.
- Será mejor que empecemos a pensar en la cama, ¿no te parece? – Le pregunté a Pablo.
- Estoy de acuerdo. – Contestó Vero al tiempo que Mónica asentía con los ojos aún cerrados.
- ¿Piensas llevarlas ahora a casa? – Me preguntó Pablo. Yo le respondí con una mirada perezosa.
- Si no te importa que nos quedemos, a mí ya me está bien el sofá. – Añadió Vero.
- Habiendo camas, ¿para qué dormir en el sofá? – Anuncié yo.
- Cualquier cosa serviría. – Contestó Vero con voz perezosa.
- Mónica, ¿a ti te importa quedarte aquí esta noche? – Pregunté. Ella se limitó a negar con la cabeza del mismo modo que antes asentía. Miré a Pablo sonriéndole, él también sonreía.
- Tengo la impresión que tendremos que llevarlas a la cama en brazos. – Comentó él. Yo respondí con un gesto de desmesurada pereza aunque en realidad no me desagradaba la idea.
- Yo puedo ir sola. – Anunció Vero incorporándose del sofá. - ¿Dónde duermo? – Me preguntó
- En la habitación del fondo a la derecha. – Anuncié. – Yo, dormiré en mi habitación. A Pablo le había preparado la cama en la habitación de mi compañero de piso, así que, si no os importa, Mónica y tú podéis dormir en la habitación doble. Aunque si os apetece hacer un cambio de habitaciones a media noche... – Bromeé. – Pablo sonrió mientras Vero se esforzaba en ocultar una sonrisa para hacer un gesto despectivo.
- ¿Al fondo a la derecha? – Preguntó en espera de mi confirmación.
- Eso es.
- Buenas noches. – Se despidió.
- Buenas noches. – Respondimos los demás
- Mónica, hay que ir a la cama... – Le sugirió dulcemente Pablo.
- Nooo... – Suplicaba ella aferrándose al sofá.
- No te preocupes, yo me encargo. – Le dije a Pablo. Él asintió.
- Yo voy tirando hacia la habitación.
- De acuerdo.
Me quedé unos breves momentos observando a Mónica estirada en el sofá, con los ojos cerrados. Estaba preciosa.
- Mónica cariño, deberías ir a la cama. – Ella hizo un leve gesto de desaprobación. – Si te quedas en el sofá, mañana te dolerá todo el cuerpo.
- Es igual. – Contestó con un hilo de voz.
- No, es igual no. – Insistí. – Agárrate a mi nuca, que te llevo. – No protestó, al contrario de lo que yo esperaba, ella extendió su mano y dejó que la cogiera en brazos.
Me sorprendió la ligereza de su cuerpo; más aún dado mi débil estado físico, nada musculoso. Ella me rodeó con sus brazos al tiempo que recostaba su cabeza en mi hombro. La llevé a través del pasillo hasta la puerta de la habitación que compartiría con Vero. Mónica hizo un esfuerzo extendiendo uno de sus brazos para abrirme la puerta. Evitando cualquier movimiento brusco la acomodé en la cama y la cubrí parcialmente con una manta.
- Buenas noches. – Le susurré al tiempo que acariciaba suavemente el contorno de su rostro. Ella, adormecida, no contestó.
Salí de la habitación y me encontré a Pablo en el umbral del cuarto de mi compañero de piso.
- ¿La has dejado en la cama? – Me preguntó.
- Sí. – Contesté. – Estaba muy cansada.
- Eso parecía.
- Yo también estoy muerto. Me voy a dormir, si no te importa. – Le informé.
- Yo también. Ha sido una noche larga, aunque muy divertida. – Añadió con una sonrisa. Yo asentí dibujando otra, nostálgica. – ¿Estás bien? – Me preguntó.
- Sí, claro. – Contesté sorprendido. – ¿Por qué?
- No sé. Has tenido una noche bastante intensa y un tanto complicada. Antes estabas hecho un manojo de nervios y te irritabas por cualquier cosa… – Adivinó.
- Sí, es cierto. – Reconocí. – Perdona por lo de antes. – Pablo negó con la cabeza indicando que mi disculpa no era necesaria. – Bueno, al final todo ha salido bien. No he cometido ninguna estupidez, a pesar de haber flaqueado un poco, y tengo buenas sensaciones para el futuro inmediato. – Añadí con una sonrisa un tanto pícara. Pablo sonrió ampliamente.
- Aprovecha ese futuro. – Me aconsejó en tono cariñoso a la vez que me abrazaba.
En ese momento se abrió la puerta donde Mónica y Vero presuntamente dormían. Pablo y yo nos miramos perplejos. Mónica apareció tras ella. Yo la miré con un gesto interrogativo. Ella miró a Pablo.
- No te había dado las buenas noches. – Le dijo.
- Buenas noches. – Le dijo Pablo con expresión divertida al tiempo que ella le besaba la mejilla.
- Buenas noches. – Respondió ella. Acto seguido me miró a mí y, ante mi sorpresa, me abrazó. Yo la correspondí al tiempo que miraba a Pablo con un gesto de incredulidad. Él me miraba con la misma expresión en su rostro. Al sentir mi abrazo ella me abrazó con más fuerza y yo nuevamente la correspondí estrechándola contra mi pecho y besándola dulcemente en la frente. Intercambiamos una penetrante mirada.
- Buenas noches. – Le dije yo al separarme de ella. Ella nuevamente no respondió. Al descender sus brazos de mi cuello, acarició suavemente mi brazo al tiempo que me regalaba una de sus miradas más dulces. Soltó mi mano y se dirigió a la puerta de mi habitación. Pablo y yo la mirábamos atónitos. Se paró ante ella, como si dudase, y sin más dilación, entró.
- Serás cabrón... – Me espetó Pablo asombrado.
- Estoy flipando tanto como tú. – Le reconocí.
- Sí, seguro. – Me dijo incrédulo. – Bueno, ya sabes que si necesitas material, yo siempre llevo. – Me anunció subrayando el segundo sentido que pretendía darle.
- No te preocupes. – Le respondí con una sonrisa. – En el primer cajón de mi mesita yo también tengo. – Añadí. – Bueno, siempre y cuando no se me hayan caducado, porque ya no recuerdo la última vez que…
- ¡Anda mentiroso! Ve con ella, no sea que se canse de esperarte. – Me aconsejó mientras reía.
- Será lo mejor. – Corroboré. – Buenas noches, tío. Hasta mañana. – Me despedí.
- Eso, hasta mañana. Y mañana me cuentas qué tal…
Yo le respondí con una sonrisa de complicidad mientras me dirigía a mi habitación. Al igual que ella me paré un segundo ante la puerta. Me sentía nervioso. Respiré profundamente y entré.
Ella estaba estirada en mi cama de costado. Al verme esbozó una tímida sonrisa; parecía que el cansancio le dificultaba muchísimo dibujar cualquier gesto.
- ¿Estás bien? – Le pregunté con ligera preocupación. Me pregunté qué hacía en mi habitación si apenas podía mantener abiertos sus párpados. Había temido no tener fuerzas para poder ofrecerle un arsenal de pasión desenfrenada, como pretendía; pero al mirarla, pensé que ella debía disponer de menos energía que yo. Ligeramente frustrado, a la vez que profundamente ilusionado, imaginé que nos regalaríamos unos cuantos besos, caricias y abrazos hasta que, sucumbiendo al cansancio, nos quedaríamos dormidos arropados el uno en los brazos del otro.
- Estoy cansada… – Reconoció al tiempo que recomponía su posición en la cama en busca de una postura más cómoda.
- Bueno... – Dije en tono comprensivo. – Dame un segundo.
Bajé la persiana de la habitación, me desabroché la camisa y me quité el cinturón y los zapatos. Invertí unos breves minutos en buscar entre mi larga colección de discos compactos un par o tres que me ayudasen a crear el clima de relajación e intimidad que pretendía. Coloqué los elegidos en el reproductor, programé las canciones que me parecieron más adecuadas, y pulsé el “play”. Antes de apagar la luz quise dedicar una última mirada a aquella belleza que me esperaba recostada en mi cama. Me sentía el hombre más afortunado del mundo.
Su cuerpo reposaba en posición fetal, en busca de calor. Su dulce rostro, relajado, transmitía paz y felicidad. Su respiración era lenta y profunda, escapando rítmicamente por sus dulces labios ligeramente despegados. Imaginé su mirada bajo sus párpados. Estaba preciosa. Era preciosa.
Me acerqué sigilosamente a ella y la cubrí con el edredón que encontré a sus pies. Aparté un mechón de pelo que cubría parcialmente su mejilla y la besé dulcemente en la sien.
- Buenas noches. – Le susurré suavemente al oído.
Me incorporé en dirección a la puerta y me giré una última vez en busca de una imagen que grabar en mi memoria. Mis labios dibujaron una tímida sonrisa un tanto melancólica. Apagué la luz de la habitación y cerré la puerta detrás de mí.